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Diseño: Alamostrail
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La ilusión de Alberto era ser mago, como
Harry o como esos personajes que hacían maravillas en la
televisión. Conjuros, palabras y polvos mágicos para hacer aparecer
cosas maravillosas, eran la ilusión de nuestro héroe.
Pidió a su hermana mayor que le dejara el ordenador
para buscar dónde aprender los conjuros, las palabras y los
extraños productos con los que hacer maravillas de magia
blanca.
Su hermana protestaba y protestaba porque no le dejaba seguir
chateando, pero Alberto se aferró al portátil como si fuera la
última escarpadura de un profundo abismo.
Fue recopilando más y más información, alguna interesante y otra
que, hasta a él, aprendiz de mago, consideraba vacía, sin
sustancia, más falsa que las noticias de la tele, pero un día, por
casualidad, encontró una página extraña, era un curso acelerado
para magos pequeños, él era un mago pequeño, el curso parecía estar
hecho para él, lo guardó en un “pen-drive” y cuando tenía un
momento en el ordenador, lo leía con avidez, aprendió muchas cosas,
en especial, los conjuros, pero también las instrucciones y la que
más le gustó fue la que le enseñaba a buscar la varita mágica con
la que apuntar, como si de un arma de magia se tratase, al objeto o
lugar donde las maravillas se harían presentes.
La varita podía ser de muchas maneras e incluso, una vez
encontrada, podía esculpirse, adornarse, pintarse… y así lo
hizo, cuando la hubo terminado, la conjuró para transmitirle el
poder con el que hacer cosas maravillosas, se hizo una chuleta con
los conjuros, no pudo memorizarlos todos, el reciente examen de
historia llenó bastante el espacio que tenía en su cabeza, y salió
al campo. En un lugar secreto, donde él solía ir, desplegó la
chuleta, tomó la varita con la mano derecha, repasó nervioso el
texto con los conjuros y eligió el que haría visible a un elfo.
Respiró hondo, elevó la varita y en alto dijo…
– Pro Oculus Clatitatem Natura, Elfos lucem– Esperó unos
segundos, abrió lentamente los ojos y justo delante de sus
narices, un ser horrible le miraba con maldad.
Un terrible grito salió de su garganta, soltó la varita, la
chuleta de conjuros y echó a correr saltando sobre las
chaparras y las piedras… con qué velocidad puso pies en polvorosa,
tanto que no fue capaz de oir las carcajadas de su hermana, que
junto con algunas amigas le habían emboscado para que dejase el
ordenador en paz, se quitaron las mascaras y echaron a andar, pero
no vieron cómo las miraba contrariado un pequeño ser, casi
transparente, con orejas puntiagudas. Cuando se alejaron, el elfo
tomó con sus nudosas manos la varita y la escondió, esperando que
Alberto volviera a por ella, porque la varita albergaba en su
interior un gran poder, pero Alberto no
volvió.
EL CACHE ES TAMAÑO VARITA, LLEVAR LA FOTO DE LA ZONA Y
SPOILER.