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El descubrimiento
estaba cercano, las noticias del enterramiento eran un tanto
difusas, tan sólo en los jeroglíficos recientemente encontrados en
lo que parecía ser una pequeña casa, tal vez un pequeño palacio
cuyo propietario se desconocía, aunque parecía, por los contenidos
de los bajorrelieves, que pudiera tratarse de la casa del ama de
cría del hijo de algún personaje.
Siguiendo las
indicaciones que mencionaban el enterramiento, el equipo de
excavación se acercaba inexorablemente al momento cumbre que todo
arqueólogo sueña, el hallazgo de una tumba impoluta,
virgen.
De pronto un grito
salvaje salió de la garganta de un peón armado con una pequeña
pala, quise correr pero las piernas temblaron de forma preocupante,
por ello, manteniendo la compostura en apariencia, me acerqué
despacio, como flotando sobre el suelo pedregoso de este tórrido
rincón del desierto de Egipto. Varios peones quitaban con las manos
la escasa arena que tapaba una entrada sellada por una gran
piedra… por fin, y está cerrada… y sellada.
Procedimos a
retirar cuidadosamente la losa que cerraba la entrada y cuando las
luces iluminaron el interior… encontramos algo inquietante, un
sarcófago en el centro de una única estancia, pero extremadamente
pequeño, yo diría que incluso mínimo, tanto que podría caber en un
bolsillo, incluso el vaso canope que estaba a su lado era poco
mayor que un dedal, y lo que era más desequilibrante, no había nada
mas sobre el bloque de piedra, nada.
Pero la sorpresa
no quedó ahí, muy al contrario, las pinturas intactas que cubrían
las paredes de la estancia, no mayor de cuatro por cuatro metros,
parecían diseñadas por un caricaturista de la época, o por un niño,
eran auténticamente naifs, y contaban una historia increíble de
grandes batallas y héroes, magia y Dioses que no concordaban en
nada con lo que conocemos por la historia.
Retiramos con
cuidado los dos objetos y fotografiamos los dibujos de las paredes,
en la puerta me esperaba un todo terreno del ministerio de cultura
egipcio para llevarme con el descubrimiento a El Cairo. Para
proteger el pequeño sarcófago utilizamos… una fiambrera, realmente
me sentía ridículo, pero no sabía lo que todavía me quedaba por
ver.
Cuando procedimos
a radiografiar la pequeña momia, lo que vimos me hizo sentir como
un perfecto idiota, era un muñeco de madera… roto, algún potentado,
para contentar a su hijo, había “momificado” una especie de
madelman que al nene se le había roto… y le había hecho un
enterramiento.
Me acababa de
convertir en un arqueólogo de juguete, y sentí como si me
aplastaran a la vez las tres pirámides y la esfinge, quise
exponer que el hallazgo era único, pero las carcajadas de mis
colegas me ratificaron la sensación de ridículo, que buen hallazgo
para el hijo de Indiana Jones pensé, y no pude reprimir una
carcajada.
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