|
Granada es una
ciudad preciosa. Desde la lejanía, cautiva entre los antiguos muros
que forman su traza árabe, se nos asemeja a una
princesa encantada, que, dormida en el tiempo, sueña en
quiméricas épocas pasadas, cuando era la reina del mapa andaluz.
Detrás, tan blanca como una mata de jazmín al estallar la
primavera, la impresionante mole de sierra nevada recorta con sus
cumbres las eternas claridades azules del cielo
granadino.
Sus calles, sus
jardines, sus monumentos, elevan a Granada al más alto grado de
singularidad entre todas las ciudades que el mundo
admira.
Pero si de algo
están orgullosos los granadinos es de su agua. Ese agua que desde
los subterráneos manantiales, brota, cristalina y con anises, por
los caños de sus fuentes entonando su eterna sinfonía de
cristal.
Y entre todas, la
más famosa, la Fuente del Avellano. Esta fuente del siglo
XIX, muy cerquita de la ciudad siguiendo el peregrino curso
del río Darro, que adquirió notoriedad por las tertulias literarias
de escritores e intelectuales, como Ganivet, Falla e incluso un
joven Lorca, que tenían lugar en su entorno.
Hubiera pasado
desapercibida, perdida entre la soberbia monumentalidad granadina,
de no ser porque Antonio Molina, aquel que rizaba la armonía en
bucles de plata, llevó su agua, por el acueducto sonoro de su
prodigiosa voz, a todos los rincones del mundo, dando de
beber, como samaritano salido del costumbrismo andaluz, a propios y
extraños, convirtiendo la fuente en universal.

|