|
Cuentan los mayores del lugar que hace muchos años, quizás siglos ya, en Quintá, un pequeño pueblo rodeado de castros, montañas y bosques, transcurría una historia de amor. Pero de esos amores que llegas a plantearte si eran imposibles, improbables o sencillamente las dos cosas.
Casi todos los hombres que trabajaban con el ganado en las casas de labrador que había en Quintá, tenían ya una familia más o menos formada. Casados, con más de dos hijos normalmente y viviendo con sus padres. Pero en Quintá no solo convivían los vecinos y sus animales, había algo más allá de lo normal… algo diferente a lo que podías encontrar en los otros pueblos. Una población paralela a la de los labradores. Y no hablamos de las llamadas “meigas o trasnos del bosque” ni “enanos que viven en setas”. Hablamos de los “mouros”. Los mouros físicamente eran bípedos, andaban como los humanos, pero eran seres muy peludos, tenían todo el cuerpo lleno de pelo y no hablaban ni tenían la inteligencia tan desenvuelta como los hombres del pueblo. Pero los mouros tenían corazón, y sentían.
En la que ahora se conoce como “casa do capador”, una casa que ya se encuentra en mal estado, cerca de poder decir que está en ruínas, situada a escasos metros de la pequeña capilla del pueblo, también abandonada a día de hoy y donde la maleza solo deja apreciar el pequeño campanario, que es la parte más alta de esta edificación, en esa misma casa, hace ya muuuucho tiempo, vivía una familia, un hombre que era el que llevaba la casa, sus padres y su mujer: una chica joven, muy joven, que rondaría los 17 años o poco más, con la que tenía planes de tener hijos y de la que esperaba que fuera gran ama de casa y buena amante. Una chica alta, delgada, esbelta, con ojos grandes y verdes y un cabello muy largo y dorado. La que todos los hombres se hubieran querido llevar a casa y la que solo le pertenecía a uno; aunque por muy poco tiempo.
De la noche a la mañana, sin explicación, sin rastro, sin pistas, solo silencio y todo un pueblo preguntándose que ha sido de la bella chica de cabello dorado. Una familia desecha por el dolor, un marido rabioso que solo pensaba en coger la escopeta y salir dispuesto a acabar con todo lo que se interpusiera delante de él en la búsqueda de su esposa… pero los días pasaban y la muchacha no volvió a aparecer en el pueblo. Lo que no sabían era que estaba más cerca de lo que todo el mundo pensaba… Noche tras noche llegaban al pueblo llantos ahogados de una mujer, de la mujer que ya llevaba desaparecida más de una semana.
Después de una semana entraban en aquel lugar húmedo y frío los primeros rayos de sol y le dejaban ver a la bella mujer dónde estaba encerrada: una cueva, en aquella época denominada “A Cova da Pena”, todavía hoy se le puede llamar así pero desde lo que pasó en aquellos días la comenzaron a denominar “A Cova da Moura”. La mujer abrió los ojos y en poco tiempo se ubicó, estaba en esa cueva, esa misma a donde había ido tantas veces a lavar la ropa o a coger agua fresca. Enseguida se dio cuenta de que no estaba sola, había alguien más a su lado. Con un miedo extremo a saber quién era, levantó despacio la cabeza y lo miró a los ojos. Era un mouro, pero un mouro que en pocos gestos le dio a entender que no quería hacerle daño. Lo único que era ofensivo es que la tenía encerrada. El mouro cada vez que salía de la cueva movía una gran pena, es decir una piedra enorme que sellaba la entrada de la cueva y que solo el mouro poseía la fuerza necesaria para mover. Él la trataba demasiado bien. Salía por la mañana a por comida, a por agua y se acercaba de vez en cuando al pueblo, a los tendederos de ropa donde las otras mujeres tendía sus prendas, y aprovechaba para robar un par de ellas cada vez y llevárselas a la muchacha.
Dicen que tiempo al tiempo, y que el roce hace el cariño, y así debió de ser, porque al poco tiempo a la muchacha le empezó a crecer la barriga. Esperaba un hijo del mouro. Pasaron los años y la muchacha dio a luz a un varón. Lo hizo allí en la cueva sin más ayuda que la del padre del prematuro. La vida transcurría, así que el bebé dejo de ser bebé para convertirse en un chaval, y la muchacha en una mujer más que hecha.
Pero un día que el mouro se fue a cazar dejó la piedra mal colocada y aunque no pudieran salir ni la mujer ni el hijo, algo de lo que ya estaban cansados, desde fuera se podía ver lo que hacían dentro. Era una preciosa tarde de verano, hacía sol, era justo después de la hora de comer. Un par de cazadores que frecuentaban la zona para intentar cazar algún ciervo o jabalí, se fijaron en que la piedra estaba media desplazaba y se asomaron. Dentro podían ver a la bella mujer peinando su larguísima melena rubia con un peine dorado, un peine de oro que le había regalado el mouro. Los cazadores no se lo pensaron, apartaron entre los dos un poco más la piedra y entraron apuntando con las dos escopetas a la mujer que en ese momento estaba sola, pidiéndole el peine. La mujer al negarse, se puso a gritar, y su hijo que estaba en el fondo de la cueva corrió a socorrer a su madre y aunque no era muy mayor no dudó en coger una piedra y lanzársela a los agresores, con tan mala suerte que uno apretó el gatillo de la escopeta y le dio en el pecho a la mujer… En un par de segundos los dos cazadores se fueron corriendo y el hijo fue de un salto a donde la madre y la abrazó. La sangre de la mujer caía y se mezclaba con el agua siguiendo el curso de esta y manchando las piedras de la entrada de la cueva. El mouro regresó corriendo y amenazando a los cazadores, aunque ya iban lejos…
Los días posteriores al disparo mientras la mujer se curaba, cuando el mouro salía a por comida, el hijo se ponía en la entrada de la cueva diciéndole a la madre “que la protegería siempre”. Pero los años pasaban y el chico crecía y se cansaba de que su madre siguiera llevando esa vida, así que aprovechando un día que el mouro salió a buscar cosas, el chaval sacó fuerzas, fuerzas que ni él sabía de dónde, para mover la piedra. Cogió a la madre y salieron corriendo, se alejaron de la cueva, del pueblo, incluso del concello. Y no se supo nada más de la pareja madre-hijo. Pero cuando el mouro regresó a la cueva y vio que habían desaparecido gritó, gritó como nunca lo había hecho. Se le desgarró el corazón…
Recuerdos de esta historia quedan dos. El primero es que después de que los dos desapareciesen, todas las noches, en el pueblo de Quintá se oyeron los lloros y los lamentos del mouro. Aún a día de hoy en el silencio de la noche parece que lo puedes oír. Oír cómo se lamenta y cómo llora por su mujer y por su hijo que desde que se fueron no volvieron jamás. La otra, es que en la entrada de la cueva hay una piedra, una piedra especial que aún a día de hoy sigue manchada con la sangre de la mujer, de aquel disparo. Y todos los visitantes que vienen quieren llevarse la piedra que tiene grabada con sangre la leyenda de la moura… pero la piedra, como la leyenda, es imposible de separar de la cueva.
|