Cuentan los que lo vieron que vivió un paisano hace tiempo en un pequeño pueblo de la comarca sayaguesa. Por aquel entonces las fotos se hacían en blanco y negro y la brisa del aire era más pura. Existía un vecino de habla extranjera pero familiar, cuyos habitantes frecuentaban el intercambio de culturas, pues no hacía mucho la guerra los hizo estar más unidos que nunca. La barrera, un fino hilo de gotas de aguas sorianas en su momento de mayor esplendor, el apogeo de su grandiosa estructura, atravesando paredes accesibles sólo para los viajeros amantes del ansia de libertad en busca de refugio. Pero muros más grandes han caído, y la necesidad hace a aquél carear, observando en cada viraje de cuantos elementos de diferente índole tiene a su disposición para luchar con la dura batalla que es el día a día. Es por ello que aquel paisano usó el agua y la tierra para traspasar la fina membrana que suponía que el intercambio cultural no se hiciese posible.
Y así lo hizo, silbando una canción que fluía de sus secos labios como el trinar de un jilguero una fría mañana de verano, sudor de frente en mano, se puso la mano en la frente y puso la primera piedra de un largo camino pedregoso, cuyos tropiezos no consiguieron desmoralizar. La presencia de su obra da fe de ello. No así dan fe las tres aceñas que antaño sirvieron fielmente a los lugareños, pues surgió una necesidad más moderna que hizo sumergir los sueños de aquellos que aún recuerdan el olor del pan recién hecho, el aroma de un proceso elaborado y que daba como resultado el sustento que nos mantiene hoy con el cuerpo caliente.
La primera piedra está donde hoy el límite jurisdiccional se hace patente, y sube hacia donde los guerreros observadores subían para vigilar los movimientos de aquél vecino cuyas aves son enseñadas a volar, los peces a nadar y al olivo a resistir, sobre las escarpadas laderas excavadas por las orillas del torpe riachuelo dorado, antaño algo más lejanas. Tratando de recuperar el perdido camino de los Camelos encontraremos a nuestro paso la poderosa mano del hombre para mover montañas a su antojo, por el antojo de colocar auténticos monstruos ausentes. Atravesando el Carrascal casi rozamos el frescor de las coníferas urbionenses, la dureza de su recorrido numantino, el ténebre aullido de las noches sorianas, la presuntuosidad burguesa o el quejido de las almas castellanas que buscan el cariñoso abrazo de unas nubes cada vez más lejanas.
Con este ambiente nos sentimos en la obligación de ayudar a portar a nuestro amigo con la última piedra del camino, cerca de donde las nutrias cayeron bajo la impasible mirada de los vigilantes del cielo, allí donde el sonido de la campana pide auxilio al antiguo enemigo, el corsario Caronte que campea por este arribanzo.