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iGambusinos
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En el año 713 los árabes conquistan Mérida y en su paso hacia Toledo ocupan la comarca, en la que más tarde se asentarán algunos guerreros de las tribus bereberes de los Nafza, Miknasa y Hawara. Como en el resto de la Península ocupada, la población indígena se islamiza y arabiza paulatinamente. En esta época se construye el castillo de Cañamero y varios asentamientos militares en los alrededores.
Cuenta la leyenda que en este castillo, del que ahora apenas nos quedan unos pocos restos, vivía un gran señor morisco muy rico y poderoso. En el pueblo cristianos, sarracenos y judíos en paz y armonía. La hermosa mujer del señor del castillo estaba embarazada y un día empezó a sentir un gran malestar y se puso de parto. El parto se alargaba y se complicaba y el señor del castillo, temiendo por la vida de su esposa, mandó a buscar a la partera del pueblo para que atendiese a su mujer. Esta mujer era muy conocida en el pueblo y los alrededores, tenía remedios para todos los males y asistía a la mayoría delas embarazadas de la villa de Cañamero y sus alrederores. Por suerte, el parto salió muy bien y el dueño del castillo y su mujer fueron padres de un precioso niño. En recompensa, el moro ordenó que dieran a la partera un regalo. La joven partera extendió su mandil y vertieron sobre él un celemín de polvo amarillo que llamó poco su atención. Mientras bajaba de nuevo por este camino a la villa observó aquel extraño polvo amarillo y se preguntó para qué le podía servir a ella tal regalo. Incapaz de encontrarle mayor utilidad que manchar su raído mandil, esparció aquel polvo en el camino. Mientras se sacudía las manos para deshacerse de los restos de aquel regalo pensaba en la tacañería de rey moro que, bien podía haber obsequiado su servicio con un puñadito de monedas suficientes alegrar su mesa con las mejores carnes y el mejor vino de Cañamero. Cuentan que el extraño regalo del morisco era nada más y nada menos que "oro en polvo" sacado del mismísimo Ruecas, y que la curandera lo no supo apreciar, viviendo siempre en la más absoluta probreza.
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