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LdP. El gigante del Valle estrecho (versión hija)
“Cuenta la leyenda…”
… que existía un gigante que vivía con su hija muy cerca de San Martín de los Herreros. Y esta es la historia contada por ella.
Mi padre era lo más grande. Sí, era, en pasado. Y es que para un hijo cuando aún lleva los anteojos de la infancia ingenua, sus padres, en este caso mi padre, porque a mi madre no la llegué a conocer, era lo más grande, y no sólo en la literalidad de la palabra, pues mi padre era un gigante.
Y es que mi padre era muy sobreprotector conmigo, “la niña de mis ojos” o “mi niña bonita”, como le gustaba llamarme. Apenas me dejaba salir de casa, y menos mal que me dejaba hacer algunos recados ya que no había una madre o una esposa que los hiciera.
Pero los días, las semanas, los meses y los años iban pasando y crecí y vi que había más mundo y más personas más allá de las cuatro paredes de nuestra casa. Mi padre lo llamaba rebeldía, pero yo lo llamaba curiosidad, una curiosidad que cada vez tenía más sed y más hambre y me hacía abrir cada vez más los oídos, los ojos la mente y… un día, también el corazón.
Un grupo de comediantes llegó al valle, y cada día iban a un pueblo. Yo no lo di importancia, hasta que llegó al nuestro y lo vi a él. No parecía gran cosa, pero cuando sus miradas se cruzaron, sentí como si le conocía toda la vida, y desde entonces decidí asistir a todas las funciones de todos los pueblos.
Él enseguida se dio cuenta de mi presencia fiel y constante, y una tarde primaveral, muy rara en el valle, se me acercó, me saludó y empezamos a hablar, con una naturalidad que corroboró la sensación de que nos conocíamos toda la vida.
Pero mi padre, el sobreprotector, sospechaba algo. Normal, pues cada día tardaba más en hacer mis tareas, o mejor dicho, cada día dedicaba más tiempo a conversar con él. Hasta que un buen día me siguió y nos pilló. Menos mal que no era como otros padres y no montó el espectáculo en la plaza del pueblo, pero casi fue peor, porque yo ignorante, volví a casa donde me soltó todo lo que había visto, y me prohibió salir de casa. Yo me oponía, pero yo mi padre como gigante que era se impuso. Pero yo, como buena mujer, decidí tener la última palabra, no ese día, pero sí en el futuro.
Como yo no podía salir de casa, fue mi padre quien acabó ocupándose, a pesar de los sirvientes de casa, de los recados y demandas varias de las que me tenía que ocupar yo. Pero pronto se cansó y un día me permitió volver a hacer un recado.
No quería levantar sospechas e hice rápidamente los recados, como cuando era niña. Pero a la lista de tareas que me asignó mi padre, añadí una mía. Fui a la casa de una bruja que me consiguió un bebedizo al que lo mezclé con vino, para que mi padre durmiera profundamente y se lo llevé.
Mi padre parecía que volvía a ser el de siempre, y enseguida dio buena cuenta de la botella, por lo que enseguida se durmió.
Yo, sin perder nada de tiempo, preparé un pequeño petate y me fui a buscar a mi amado, que me estaba esperando a la vuelta de la esquina, avisada por la bruja, que resultó ser una muy buena aliada. Una pena no poder agradecerla todo porque enseguida nos dispusimos a poner distancia, cruzándonos con muchos viajeros, y a cada cual le contábamos un destino diferente para nuestro camino.
Fue mucha la distancia la que pusimos de por medio. Suficiente para que mi padre no nos encontrara, pero insuficiente para que no nos llegara el rumor de que un gigante de la Montaña Palentina, apenado por la ausencia de su hija y cansado por la terrible búsqueda, se recostó en Peña Redonda y se convirtió en piedra.
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