
Cumplida su tarea, cada uno hacía entrega a sus compañeros jadeantes del depósito que debía verterle la vida. El capitán Nemo era el primero en dar ejemplo. Llegada la hora, cedía su aparato a otro y regresaba a la atmósfera viciada de a bordo, siempre tranquilo, sin un desfallecimiento, sin una queja. Aquel día se realizó con más vigor aún el trabajo habitual. Quedaban solamente por arrancar dos metros. Dos metros de hielo nos separaban tan sólo del mar libre. Pero los depósitos estaban ya casi vacíos de aire. Lo poco que quedaba debía reservarse a los trabajadores. Ni un átomo para el Nautilus. Cuando regresé a bordo, me sentí sofocado. ¡Qué noche! Imposible es describir tales sufrimientos. Al día siguiente, a la opresión pulmonar y al dolor de cabeza seebrio. Mis compañeros padecían los mismos síntomas. Algunos hombres de la tripulación emitían un ronco estertor. Aquel día, el sexto de nuestro aprisionamiento, el capitán Nemo, estimando demasiado lento el trabajo del pico, decidió aplastar la capa de hielo que nos separaba aún del agua libre. Este hombre había conservado su sangre fría y su energía, y pensaba, combinaba y actuaba, dominando con su fuerza moral el dolor físico. Por orden suya se desplazó al navío de la capa helada en que se sustentaba, y cuando se halló a flote se le haló hasta situarlo encima del gran foso delimitado según su línea de flotación. Luego, al ir llenándose sus depósitos de agua, descendió hasta encajarse en el alvéolo. Toda la tripulación subió a bordo y se cerró la doble puerta de comunicación. El Nautilus se hallaba así sobre la capa de hielo, que no excedía de un metro de espesor y que las sondas habían agujereado en mil puntos. Se abrieron al máximo las válvulas de los depósitos, y cien metros cúbicos de agua se precipitaron en ellos, aumentando en cien mil kilogramos el peso del Nautilus. Olvidando nuestros sufrimientos, esperábamos, escuchábamos, abiertos aún a la esperanza de la última baza a la que jugábamos nuestra salvación. A pesar de los zumbidos que llenaban mis oídos pude oír los chasquidos que bajo el casco del Nautilus provocó su desnivelamiento. Inmediatamente después, el hielo estalló con un ruido singular, semejante al del papel cuando se rasga, y el Nautilus descendió. -Hemos pasado -murmuró Conseil a mi oído. No pude responderle. Cogí su mano y se la apreté en una convulsión involuntaria. De repente, el Nautilus, llevado por su tremenda sobrecarga, se hundió como un obús bajo las aguas, por las que cayó como lo hubiera hecho en el vacío. Toda la fuerza eléctrica se aplicó entonces a las bombas que inmediatamente comenzaron a expulsar el agua de los depósitos. Al cabo de unos minutos, se consiguió detener la caída. Y muy pronto, el manómetro indicó un movimiento ascensional. La hélice, funcionando a toda velocidad, sacudió fuertemente al casco del navío hasta en sus pernos, y nos impulsó hacia el Norte. Pero ¿cuánto tiempo podía durar la navegación bajo el banco de hielo hasta hallar el mar libre? ¿Tal vez un día? Yo habría muerto antes. A medias reclinado en un diván de la biblioteca, jadeaba por la opresión pulmonar. Mi rostro estaba amoratado, mis labios, azules, mis sentidos, abotargados. Ya no veía ni oía nada y mis músculos no podían contraerse. Había perdido la noción del tiempo y me sería imposible decir las horas que transcurrieron así. Pero sí tenía conciencia de que comenzaba la agonía, de que iba a morir.. Súbitamente, volví en mí al penetrar en mis pulmones una bocanada de aire. ¿Habíamos emergido a la superficie del mar y dejado atrás el banco de hielo? ¡No! Eran Ned y Conseil, mis dos buenos amigos, que se habían sacrificado para salvarme. En el fondo de un aparato quedaban algunos átomos de aire y en vez de respirarlo lo habían conservado para mí, y mientras ellos se asfixiaban, me vertían la vida gota a gota. Quise retirar de mí el aparato, pero me sujetaron las manos, y durante algunos instantes respiré voluptuosamente. Miré al reloj. Eran las once de la mañana. Debíamos estar a 28 de marzo. El Nautilus navegaba a la tremenda velocidad de cuarenta millas por hora y se retorcía en el agua. ¿Dónde estaría el capitán Nemo? ¿Habrían sucumbido él y sus compañeros? En aquel momento, el manómetro indicó que nos hallábamos tan sólo a veinte pies de la superficie, separados de la atmósfera por un simple campo de hielo. ¿Sería posible romperlo? Tal vez. En todo caso, el Nautilus iba a intentarlo. En efecto, pude advertir que adoptaba una posición oblicua, indinando la popa y levantando su espolón. Había bastado la introducción de agua para modificar su equilibrio. Impelido por su poderosa hélice atacó al ice-field por debajo como un formidable ariete. Iba reventándolo poco a poco en sucesivas embestidas para las que tomaba impulso de vez en cuando dando marcha atrás, hasta que, por fm, en un movimiento supremo se lanzó sobre la helada superficie y la rompió con su empuje. Se abrió la escotilla, o mejor, se arrancó, y el aire puro se introdujo a oleadas en el interior del Nautilus. 17. Del cabo de Hornos al Amazonas Imposible me sería decir cómo llegué a la plataforma. Tal vez me llevó el canadiense. Pero estaba allí, respirando, inhalando el aire vivificante del mar: Junto a mí, mis dos compañeros se embriagaban también con las frescas moléculas del aire marino. Quienes, por desgracia, han estado demasiado tiempo privados de alimento no pueden lanzarse sin riesgo sobre la primera comida que se les presente. Nada nos obligaba a nosotros, por el contrario, a moderarnos; podíamos aspirar a pleno pulmón los átomos de la atmósfera, y era la brisa, aquella brisa, la que nos infundía una voluptuosa embriaguez. -¡Ah, qué bueno es el oxígeno! -decía Conseil-. Que el señor respire a sus anchas, no tema respirar, que hay aire para todo el mundo. Ned Land no hablaba, pero en sus poderosas aspiraciones abría una boca para hacer temblar a un tiburón. El canadiense «tiraba» como una estufa en plena combustión. Recobramos en breve nuestras fuerzas. Al mirar en torno mío vi que nos hallábamos solos en la plataforma. Ningún hombre de la tripulación, ni tan siquiera el capitán Nemo, había subido a delectarse al aire libre. Los extraños marinos del Nautilus se habían contentado con el aire que circulaba por su interior. Mis primeras palabras fueron para expresar a mis compañeros mi gratitud. Ambos habían prolongado mi existencia durante las últimas horas de mi larga agonía. No había gratitud suficiente para corresponder a tanta abnegación. -¡Bah, señor profesor!, no vale la pena hablar de eso -dijo Ned Land-. ¿Qué mérito hay en ello? Ninguno. No era más que una cuestión de aritmética. Su existencia valía más que la nuestra, luego había que conservarla. -No, Ned-respondí-. No valía más. Nadie es superior a un hombre bueno y generoso, y usted lo es. -Está bien, está bien -decía, turbado, el canadiense. -Y tú, mi buen Conseil, has sufrido mucho. -Pero no demasiado, créame el señon Me faltaba un poco de aire, sí, pero creo que hubiera ido acostumbrándome.
