EL ENTORNO:
El Valle del Sabinares una gran planicie surcada por dos torrentes que convergen a su entrada y embutida entre la Lloma de les Casetes, a la derecha, y un cerro de considerable altura por la izquierda. El origen del nombre de esta zona no es del todo claro. Sí que es cierta la existencia del árbol juniperus sabina, y también del arbusto juniperus phoenicea, de la familia de las cupresáceas, pero la presencia en este entorno de la colonia-agrícola pudo motivar el nombre, bien porque existiera un bosque de sabinas en las laderas de estas tierras, bien porque se encontrase un gigantesco ciprés en los aledaños (el cual fue quemado por unos vándalos desalmados).
En este valle se encuentra la Finca del Sabinar, una de las fincas agrícolas y ganaderas más prósperas e importantes de la provincia en la década de 1960, que producía a gran escala almendra, limones, productos hortícolas y uva. Los enormes establos ahora, totalmente solitarios eran el antiguo hogar de ovejas y corderos, que en su época de máximo esplendor, llegó a albergar unas 400 ovejas y más de 1.200 gallinas, que fueron incrementando su número hasta más de 6.000 en 1969. Este era el comienzo de una gran cadena de producción, que también presumía de tener maquinaria de lo más moderna: una incubadora capaz de albergar 4.600 huevos y una desplumadora automática apta para unos 150 pollos por hora...
Hoy en día queda aún maquinaria utilizada para su manipulación y grandes toneles para su envejecimiento. Un gran establo para ovejas y corderos, también tenían gallinas, patos, conejos o faisanes. Según cuentan, elaboraba un buen vino, y su propio aceite a través de una almazara, y contaba con, entre otros servicios, una pequeña capilla y una escuela conocida como Patronato Mixto El Sabinar.
Una cruz cristiana y un retrato de la Virgen y el Niño tallado en la pared continúan expuestos a pesar del vandalismo, junto a los restos de un sencillo altar de hormigón, que todavía yace en el centro de la estancia. A las espaldas de esta pequeña casa de Dios encontramos lo que podría ser la casa del cura, una vivienda bastante amplia y que podía presumir de gozar de todos los servicios: cocina, baño, una estupenda amplitud y grandes ventanales al exterior.
Todo un mundo de recuerdos que nos trasladan a épocas duras donde existía una brecha social muy clara entre los terratenientes adinerados y los humildes trabajadores. Esta finca perteneció durante mucho tiempo a la familia Ghiglione, que además era la dueña de las minas de ocre cercanas.