
Por culpa de una terrible tormenta, con gran aparataje eléctrico, truenos, relámpagos y una intensa lluvia torrencial, un grupo de geocachers (entre los que se encuentra una jovencísima Agüela) se extravía durante su viaje en coche…inexplicablemente gps y móviles han dejado de funcionar...
Perdidos, y desorientados, los geocachers se encuentran temerosos por los desprendimientos de rocas y por las aguas torrenciales que amenazan su tránsito por carreteras y caminos; la conducción va haciéndose cada vez más difícil debido a la escasa visibilidad y a la imposibilidad de girar las ruedas en el barro; finalmente se ven obligados a detenerse.
A duras penas, consiguen entrever la silueta de un viejo caserón, a escasa distancia de donde se encuentran y hacia allí se dirigen pensando en pedir refugio y poder pasar allí la noche o por lo menos hasta que amaine la tormenta.
Allí refugiados probablemente se encontrarían seguros, debido a que la casa estaba levantada sobre piedra muy resistente. Pero dicha seguridad enseguida se desvanecerá cuando los geocachers descubran que los habitantes del lugar no son nada normales y que el refugio es un lugar aún más peligroso que la tormenta.
Los geocachers son recibidos por el criado mudo de una pareja de ancianos hermanos: Rebeca y Horacio. Afuera, resuenan los truenos y arrecia la lluvia. Dentro, apenas hay luz y los hermanos presentan un extraño comportamiento, pero se ofrecen a acogerlos durante la noche e incluso a ofrecerles algo de comer. No hay elección posible. Deben quedarse.
La casa encierra algunos misterios... A medida que avanza la noche, desde los pisos superiores llegan angustiosos gritos y ruidos sospechosos e inquietantes. Los hermanos explican a los geocachers que no hay motivo para asustarse: se trata de su padre, de más de 100 años confinado en su lecho, enclaustrado en su habitación desde la muerte, años atrás, de una de sus hermanas, que sufrió una larga y terrible enfermedad.
La Agüela, cansada y con la ropa empapada, pensando en quitarse algunas prendas para entrar en calor entró en la habitación contigua. Pese a la oscuridad reinante le llamó la atención el gran ventanal en la pared opuesta y una preciosa cómoda de patas torneadas, próxima a la puerta. No pudo contener la curiosidad por ver lo que contendría en su interior y abrió uno de los cajones....entonces alguien la cogió por los hombros, alguien más que también habitaba en la casa: un cuarto miembro de la familia, un hermano de tendencias psicópatas y pirómanas que estaba encerrado en esa habitación.
La Agüela trató de zafarse de aquel individuo. Intentó gritar; pero no pudo. El hombre la apartó bruscamente, cerró el cajón y aprovechando ese momento de descuido de la Agüela, salió rápidamente de la habitación llevando un candelabro en su mano.
Poco más se puede añadir....
Cuando la Agüela reaccionó era tarde ya: las llamas devoraban la vivienda; incluso con la intensa lluvia que envolvía el edificio, este comenzaba a ser pasto del fuego.
Risas, llantos, alaridos, gritos...la Agüela se apresuró a abandonar el caserón, preguntándose qué hubiera pasado si nunca hubiese abierto esa cómoda.
¡¡¡Disfrutar de la aventura!!!
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