
El Roblón es un ser más grande incluso que el Ojáncano. Su nacimiento es muy curioso, parece que en principio era un roble normal y corriente, aunque viejo, con un enorme hueco en el tronco. Una tarde de tormenta se cobijó en dicho hueco una bellísima muchacha, empapada y aterida se apretó contra las paredes del interior del roble, ante la tibieza del cuerpo de la moza y el aliento de su boca sonrosada, sintió como la savia le corría más rápido por el tronco, estrechando a la muchacha en un abrazo mortal, el árbol absorbió la sustancia y los humores de tan joven cuerpo. La nueva savia le hizo crecer desmesuradamente y sus raíces crecieron de tal forma que se extendieron por sus alrededores robando a los árboles y arbustos cercanos su alimento y su propia savia, hasta dejarlos huecos y resecos.
Así terminó teniendo un aspecto antropomórfico extrañísimo, de larga cabellera de hierba casi seca, cayendo en grandes mechones desde las ramas más altas. La frente ancha y rugosa es de árbol de haya, su nariz una rama de encina, sus barbas un bosque de matas de brezo, bajo su cabeza salían dos troncos de abedul que hacían de brazos, con multitud de ramas que formaban sus dedos.
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