
El trombón de Navidad
Era el día de Nochebuena y Shorty se dirigió al armario y sacó su viejo trombón de varas. Dio un par de emboladas, probó la embocadura y pegó un fuerte resoplido. Entonces, el instrumento exhaló dos lúgubres balidos.
- Cuelga el teléfono - se dijo a sí mismo -, que has vuelto a equivocarte de número...
Llegó hasta él el insistente repiqueteo del dedal de la señora Thompson sobre los tubos del radiadon Shorty tenía una patrona muy peculiar; era la solterona más recalcitrante e insoportable de todo Blessington, y no fomentaba, verdaderamente, la libertad de expresión de sus pupilos.
Shorty produjo dos notas suaves y burlonas con su instrumento. Dos trompetazos lo suficientemente fuertes y sonoros para que llegaran hasta el oído de su patrona. Aunque él jamás se hubiera atrevido a trompetearle en voz alta todo lo que pensaba de ella.
Escondió el instrumento debajo de su abrigo y se fue escaleras abajo. La señora Thompson lo abordó en el cuarto de estar.
- ¿Otra vez tocando su viejo trombón, Shorty? - rezongó.
- Voy a tocar unos villancicos - respondió él tímidamente.
- Los conos musicales lo hacen mucho mejor - repuso la patrona, con un convencimiento que no dejaba lugar a dudas -. Y si se pone usted a tocar villancicos, le echarán de la ciudad por perturbar la paz.
- Llevo cuarenta y cinco años viviendo en Blessington - añadió Shorty -, de hombre, de muchacho y... de renacuajo, y me gustaría saber quién es el guapo que va a intentar echarme de la ciudad.
- El jefe de policía Nelson ha dicho que la próxima vez que vuelva usted a tocar ese trombón, se lo quita... -dijo la adusta patrona en tono de amenaza -. Ya se lo he dicho antes: los conos musicales lo hacen mucho mejor...
- ¿Y quién le tiene miedo al jefe de policía Nelson? - concluyó Shortz burlonamente.

