El puente de El Pontarrón
El puente que cruza el río Agüera a la altura del barrio de Nocina en Guriezo se conoce como el puente de El Pontarrón. Se desconoce el origen del puente inicial pero surgió de la necesidad de tener que cruzar la ría de Guriezo sin tener que subir hasta el barrio de El Puente a más de 5 kilómetros de distancia. Este puente ha sido un importante paso en las comunicaciones de la cornisa cantábrica y por ello ha sufrido muchos incidentes durante las diferentes guerras que han asolado la zona en el siglo XIX y XX.
El primer puente que se tiene constancia es uno de madera muy rudimentario que fue quemado en 1874 durante la 3ª Guerra Carlista en la retirada de los Carlistas. De ello hace mención el "corresponsal de guerra" Pellicer en sus articulos en el semanario "La ilustración Española y Americana" (8 de marzo de 1974) en el cual muestra el transcurso de la III Guerra Carlista en la sección de Acontecimientos militares en el Norte. En el grabado Pellicer comenta:

Puente de Guriezo, incendiado por los carlistas. De paso por Castro Urdiales, dirigíme en busca del puente de Guriezo, tendido sobre la ría de este nombre, y lo encontré en el estado que señala el croquis, a causa de haber sido incendiado por la facción Navarrete. Posteriormente, los ingenieros del ejército construyeron en remplazo del puente inutilizado otro de barcas, que ahora tampoco existe.
En el grabado se puede ver el puente derruido y al propio Pellicer esperando a la barca para cruzar la ría. En el paisaje de fondo se pueden reconocer los montes de Cerredo. De izquierda a derecha: Colmeno (tras los restos del puente), Pico de la Gallina, El Hombre y Pico Las doce.
Parece ser que el barquero estuvo trabajando durante unos años más hasta que se reconstruyó el puente de madera. Mientras tanto los viajeros que querían atravesar el Agüera se veían forzados a tener que subir río arriba o cruzar en barca como Pellicer hacía.
Este segundo puente de madera, aunque era más macizo, no tuvo una vida muy larga. Durante la guerra civil (1936-1939) sufrió varias intentonas de derribarlo y, aunque sobrevivió a la guerra, quedó en muy mal estado. Entre otras vicisitudes sufrió un bombardeo del crucero franquista Almirante Cervera que quería cortar las comunicaciones de la carretera de la costa. El puente se salvó ya que se encontraba en un posición un poco escondida y los cañones del crucero no llegaron a alcanzar su objetivo. Meses después el puente también sufrió un intento de voladora por las tropas republicanas en retirada. A pesar que las cargas llegaron a explotar no consiguieron derribar por completo el puente, aunque este si quedó en muy mal estado. Por ello tras la guerra fue finalmente derribado y sustituído por otro (el actual), ya de hormigón y construido unos metros río arriba.
El pacto de Santoña
Además durante la Guerra civil este puente fue testigo de la firma del pacto de Santoña. En agosto del 1937, tras la caida de Bilbao y la perdida de Euskadi, los batallones Gudaris en clara retirada y con una moral muy baja se reagruparon en Laredo y Santoña haciendo público y notorio el abandono de los Gudaris del bando republicano.
El 24 de agosto se suscribe en el Pontarrón de Guriezo el único documento que se conserva del Pacto de Santoña. El escrito de siete puntos, que lleva la firma, entre otros, de los capitanes de Euzko Gudarostea Sabin Egileor y Raimundo Pujana y de los altos mandos de los Flechas Negras italianas garantiza la rendición de los gudaris a las tropas italianas a cambio de que puedan huir al exilio desde Santoña. Al día siguiente, día 25, los Flechas Negras cruzan el puente de El Pontarrón y entran en Laredo sin encontrar resistencia y posteriormente en Santoña.
A la mañana del 26 de agosto, varios día más tarde de lo esperado, arriban en el puerto de Santoña dos de las embarcaciones que deben encargarse de llevar a los vascos a Lapurdi: son el Bobie y el Seven Seas Spray bajo la protección del destructor inglés HMS Keith. Comienza de inmediato el embarque de refugiados con pasaporte vasco. A las 10 de la mañana enterado el general franquista Dávila manda la inmediata suspensión de la operación y ordena el desembarque. Únicamente el mercante Bobie abandona el puerto con 533 heridos a bordo escoltado por el Keith.
El pacto no llegó a su término, en parte debido al retraso de la llegada de los buques de evacuación y al ser desautorizado finalmente por el alto mando franquista, que ordenó inmediatamente el internamiento de los vascos en la prisión de El Dueso. Hacia noviembre, cerca de 11.000 gudaris habían sido puestos en libertad, 5.400 estaban integrados en batallones de trabajo, 5.600 en prisión y se habían dictado 510 sentencias de muerte. A pesar de estas cifras, la represión no alcanzó en esta zona la dureza aplicada en otras regiones.
Este hecho ha permanecido silenciado durante mucho tiempo por ambas partes. Los republicanos no querían reconocer la traición de parte de sus tropas, los nacionalistas vascos no querían admitir que tuvieron contactos para abandonar a la República y los franquistas se resistían a asumir que una fuerza extranjera actuaba de manera autónoma y se permitía establecer negociaciones a sus espaldas con el enemigo.