EL PUENTE DE SAN MARTIN Y LA LEYENDA DE LA MUJER DEL ARQUITECTO
SOBRE EL CACHÉ:
Se encuentra al borde del camino que recorre la Senda Ecológica, bajo el Puente de San Martin.
Por si las coordenadas no son exactas (Ya sabemos que a veces fallan) Una "TAU" en las rocas te indicarán su proximidad.
Al ser paraje natural, siempre recomiendo a la hora de mover piedras, buscar en oquedades etc llevar guantes o utilizar un palito, herramienta manual etc. ya que podrian anidar bajo las mismas insectos o pequeños roedores. RECOMENDABLE DISCRECCION POR AFLUENCIA DE PÙBLICO (MOGLES)
LA LEYENDA:
(Sobre relato de Eugenio de Olavarría y Huarte)
A mediados del siglo XIV comenzó la guerra civil que enfrentó a don Pedro I con su hermanastro don Enrique de Trastámara, hijo bastardo de Alfonso XI. Como defensa estratégica se decidió minar el arco central del puente de San Martín e impedir de esta manera la entrada del enemigo por el Este de la histórica ciudad.
Tres décadas después, ya con la paz restablecida, el arzobispo don Pedro Tenorio, obsesionado por reparar todos los monumentos deteriorados, se propuso reconstruir el viejo puente. Para ello hizo llamar a un arquitecto de renombre, afamado por su capacidad de reconstruir edificios ruinosos, y le encomendó la misión de volver a dar al puente el uso que reclamaban los vecinos. Acordado el precio y la duración de la obra, el artista se comprometió a construir la obra con esmero y en el plazo más breve establecido.
Pasaron los primeros meses de la obra y el adelanto era palpable, pero el afamado arquitecto, alegre y comunicativo por lo general, había perdido su buen humor y aparecía más huraño de lo que en él era habitual. Cuando por la oscuridad de la noche no podía continuar su trabajo volvía a su casa sin que nadie pudiera arrancarle una palabra, y mucho menos una sonrisa. Sus amigos le preguntaban acerca del cambio de su carácter sin obtener respuesta satisfactoria. No acertaban a explicárselo, ya que la obra avanzaba a pasos agigantados y no era lógico que un hecho tan próspero le produjese tal pesar. Sin embargo su preocupación se acrecentaba día a día.
Posiblemente nunca se hubiera sabido el motivo si el célebre arquitecto no hubiera tenido una mujer que, día tras día y noche tras noche, le preguntara qué era lo que le ocurría.
La historia no nos ha dejado el nombre de esta dama, pero si no hubiera sido por su empeño no conoceríamos el problema de su marido. Encontró muchas negativas, pero sus lágrimas fueron más fuertes que la terquedad del arquitecto, quien al final confesó el motivo de su malestar con la vergüenza en su rostro y lágrimas en sus ojos:
-No sé cómo contártelo –decía sin atreverse a alzar la vista-, pero al trazar el puente he tenido un enorme error en mis cálculos. Varias veces e intentado subsanarlo, pero no encuentro la forma de hacerlo. Noches en vela he tratado de encontrar la respuesta, pero es demasiado tarde. Cuando sea retirado el armazón de madera que sostiene el arco central toda la obra vendrá abajo. ¿Sabes que quiere decir eso?. ¡Quedaré deshonrado para siempre!. Y lo que es peor aún, ¡posiblemente me condenen a la cárcel por mi ineptitud!.
La mujer, que escuchó atentamente las explicaciones del artista, trataba de consolarle y prometió ayudarle buscando un medio para evitarle el mal trago que supondría el derrumbamiento del puente. Viendo la desazón de su marido, le dijo:
-No te preocupes, ya verás como encontramos una solución entre los dos.
El hombre, que hasta ahora no había levantado la cabeza, miró fijamente a su esposa, y haciendo un enorme esfuerzo para mantener la mirada dijo: -¡La muerte, la muerte es mi única esperanza contra el deshonor que me espera!.
Habían pasado algunas noches de esto y los toledanos dormían en plácido sueño. La oscuridad se había hecho dueña de la ciudad, contrastada únicamente por una silueta que portaba una tea encendida. Aquella figura se dirigió al puente en reconstrucción y cruzó por los andamios de madera hasta llegar al arco central. Se trataba de la mujer del arquitecto, que semejante a un fantasma se movía con rapidez aplicando la tea al andamiaje y alejándose después de aquel lugar con paso veloz.
Ardió el maderamen con toda facilidad, se reflejó un resplandor anaranjado en las aguas del río, se oyó un fuerte crujido y se derrumbó el armazón de madera arrastrando consigo el arco que sostenía, quedando el monumento tal y como estaba meses atrás.
Al amanecer toda la población se agolpaba en las dos orillas para contemplar lo que todos achacaban a un accidente fortuito. Entre los observadores se encontraban el arzobispo don Pedro Tenorio, el arquitecto, y su mujer, que sonreía a su esposo con complicidad. Se acercó el arzobispo al arquitecto y le comunicó que las obras deberían comenzar otra vez, con el mismo empeño y en el precio convenido.
Aprendida la lección de su error, el arquitecto reparó todos los defectos que contenían sus primeros cálculos, y abrió el puente al servicio de los vecinos poco tiempo después.
Una vez concluida la obra, la esposa del arquitecto, víctima del remordimiento, pidió una audiencia a don Pedro Tenorio para confesarle la verdad de lo ocurrido. Y el arzobispo al escucharla la perdonó y alabó por el sacrificio realizado para salvar a su esposo.
Y como recompensa, para perpetuar la memoria de tal dama que podía servir de ejemplo a las mujeres de su época, hizo poner sobre la clave del arco central del puente la imagen en piedra de la protagonista de tan fantástica historia.
Si nos fijamos detenidamente en la figura del arco central del puente nos daremos cuenta que corresponde más a la representación de un obispo, posiblemente Pedro Tenorio, que a la de una mujer. Pero la belleza de la leyenda produce que queramos mantener la duda sobre a quién representa, en honor de aquella mujer que tanto arriesgó por proteger la reputación de su marido.