
Testigos excepcionales de aquellos veranos en los que la burguesía castellonense disfrutaba de fiestas y verbenas de ensueño en pleno campo, los "masets" de la llamada Ciudad Jardín han sucumbido al desarrollo urbanístico de la capital de la Plana. La reciente remodelación de la avenida Vila-real, en pleno bulevar de Renfe, ha dejado al descubierto los vestigios que se conservan de aquellas villas señoriales exponentes del estilo modernista de los años 20.
La mayoría han ido desapareciendo a la vez que la ciudad buscaba nuevos horizontes, otras han sufrido actos vandálicos y fueron ocupadas por indigentes, pero todavía quedan en pie algunas de estas casas. Se encuentran rodeadas de enormes jardines abandonados por el paso del tiempo, aunque logran conservar el encanto que en su día las convirtió en verdaderas mansiones. Son pocos los propietarios que han optado por reformarlas y mantenerlas habitadas.
Villa Paraíso, Los Arrayanes, Villa Alborada o Villa Anita son algunos de estos ""masets"" que todavía están en pie, a pesar de su progresivo deterioro y de que se encuentran tapiadas, tanto en puertas como en ventanas, para evitar ser ocupadas.
Si retrocedemos en el tiempo, podemos recrear cómo eran aquellos veranos de familias ilustres como los Peris, los Fabregat, los Farnós, los Dolç, los Vasco, los Fabra o los Monerris. Conformaban una clase incipiente que heredaba los gustos y costumbres de la burguesía barcelonesa. Mientras los labradores y clases más populares fijaban su residencia veraniega en la zona del Camí la Plana y la 'marjaleria', justo en el lado opuesto de la ciudad, los carros conducían a estas sagas castellonenses a sus bellas moradas.
Testimonios
Nos adentramos en el túnel del tiempo y miramos atrás con la ayuda de dos castellonenses que tuvieron la suerte de vivir aquellos veranos en la Ciudad Jardín. Azucena Berto y Jaume Peris recuerdan los veranos de su niñez en el Chalet Josefa, que data de 1923, y en Torre Valencia. Ambas construcciones continúan en pie, la primera es una bonita casa reformada donde vive habitualmente Berto, mientras que la otra villa está alquilada.
"Recuerdo que desde que nací veníamos a veranear aquí, mi padre ponía en el carro un colchón de lana y veníamos al 'maset'", señaló Berto, quien todavía disfruta recordando aquellas largas vacaciones, "en las que todos los vecinos no reuníamos para las fiestas del 15 de agosto".
Todas las viviendas disponían de sus propio pozo, desde donde se sacaba el agua fresca para regar los jardines y para el consumo diario. Aunque ahora resulte complicado imaginárselo, hace décadas en la zona comprendida entre la avenida Vila-real, la avenida Enrique Gimeno y la actual Gran Vía, se levantaban estas residencias de verano entre los campos de naranjos que teñían de verde la Plana. Los regueros que rodeaban los cultivos servían a los más pequeños para refrescarse y zambullirse. "Cuando se abrían las compuertas, nos poníamos los trajes de baño que llevábamos en aquella época y nos bañábamos, era muy divertido", explicaba esta castellonense. Además, en algunas casas había pequeñas balsas, donde se reunía una multitud de pequeños.
Otra de las costumbres era la puntual visita del polero sobre las 16:30 horas. Los niños acudían veloces para deleitarse del tradicional helado de mantecado. "En casa teníamos una heladera y preparábamos helados todos los domingos para después de comer", destacó Berto.
"Ir allí para nosotros era ir muy lejos, cuando eramos niños era una experiencias deliciosa, nos pasábamos el día jugando", apuntó Peris.
Los jóvenes y no tan jóvenes organizaban todos los días entretenidas verbenas y guateques en los hermosos jardines. Un marco incomparable del que disfrutaron durante años varias generaciones de castellonenses. En este sentido, Peris apuntó que las fiestas más emblemáticas eran las que organizaba el grupo de Pilar Aparicio, quien todavía reside en una de estas villas, especialmente, en días señalados. Entre todos ellos se respiraba un agradable ambiente vecinal y entablaron amistades para toda la vida, además fue el lugar donde algunos castellonenses conocieron a quien sería su posterior pareja.
Art Decó
Historias inolvidables que vivieron en un entorno privilegiado, conformado por auténticas joyas modernistas. El arquitecto de referencia fue el castellonense Francisco Maristany, quien fue el máximo representante provincial del estilo Art Decó, inspirado en el Hollywood de los años 20 y 30. Emblemáticos edificios como el Casino Antiguo, el antiguo Cine Saboya o la Farola son obras diseñadas por Maristany, quien también fue arquitecto municipal.
Así, algunas de los "masets" de la Ciudad Jardín estaban ideadas a imagen y semejanza de La Pedrera de Gaudí. Así, Berto, que estudió Historia del Arte, todavía recuerda una de aquellas villas en la que los muebles estaban hecho a medida, siguiendo la corriente artística del genio catalán.
El declive de estas residencias de ensueño llegó en la década de los 60. Fue entonces cuando las familias más adineradas de Castelló abandonaron estas casas para cambiar de destino y veranear en las villas de Benicàssim.
Ya todo ha desaparecido, hasta la vía del tren que transcurría por este entorno. Desde que hace más de una década se trasladara la estación de ferrocarril a su actual enclave, los únicos exponentes que quedaban en pie de esta época han sufrido la decadencia del abandono. El Mas de Dolç, uno de los más majestuosos, se convirtió en un club de prostitución de lujo, pero las autoridades lo clausuraron, solo unas pocas villas han sido restauradas para seguir siendo habitadas.
La polémica no abandona a esta zona de Castelló, así Berto lleva años luchando contra el Ayuntamiento de Castelló para evitar que derriben su casa familiar para convertir el terreno en zona verde. De momento, ha ganado todos los pleitos.
Sea como sea, las ruinas de estas bellas construcciones reflejan la historia de aquella clase burguesa que llegó con el auge de las profesionales liberales en Castelló, que había sido siempre un pueblo labrador.
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