El día está resultando estupendo: para empezar desperté descansado tras haber dormido bien por fin tras las cinco agotadoras jornadas en diligencia desde que desembarcamos en Bilbao; la verdad es que los caminos en este país son mucho peores que en Francia o Austria. Luego nos han agasajado en el palacio, dándonos buenas habitaciones, servicio y comida. El concierto ha sido un éxito, y eso que ni mi hermana ni yo estábamos en la mejor forma, ella, algo resfriada, fallaba un poco en los tonos graves y yo estaba torpe tocando un clavecín que no conocía y apenas se había usado recientemente (afortunadamente mi padre lo había afinado antes del concierto), y además sentado en incómodo equilibrio sobre dos cojines que habían colocado para adaptar el asiento a mi estatura. Por suerte el público no parecía muy entendido, salvo un par de músicos de la corte, que pese a todo hicieron comentarios muy elogiosos.

A continuación, cuando yo temía que mi padre nos iba a echar una terrible regañina por nuestra floja actuación, el príncipe heredero (Carlos se llama, como su padre) se ofreció a enseñarnos una enorme finca de caza que tienen los reyes cerca del palacio. Aceptamos encantados, claro, y quedamos muy impresionados por su tamaño y la variedad de fauna silvestre; en esto sí que esta corte supera a las otras europeas. Para alargar un poco más la visita a esta Casa de Campo (así la llaman), mi hermana - que podía entenderse con el príncipe en italiano - tuvo la feliz idea de sugerir que jugásemos al escondite, ya que Don Carlos, aunque algo mayor que ella, parece bastante infantil. Así que me voy a esconder en algún lugar donde van a tardar en encontrarme… creo que este canalillo será perfecto.
Años más tarde...
