¿Sabéis donde se encuentran las mejores castañas del mundo? Pues en un pueblecito encantador rodeado de castaños, cerezos y ciruelos.
Como en todos los pueblos, cada semana tiene lugar un mercadillo al que acuden los comerciantes a vender sus productos.
Si te acercas por allí, conocerás a Alaska. Alaska cuidaba de sus castaños y los recolectaba en el otoño, y después las vendía por toda la comarca.
Alaska era conocida por su gran amabilidad, siempre atenta a las necesidades de sus vecinos y comerciantes que nunca se olvidaban de visitar su puesto. Su amabilidad y lo riquísimas y sanas que eran sus castañas, hacía que sus ventas aumentaran semana tras semana durante toda la temporada.
Un día, recién recogidas las castañas, se desató una fuerte tormenta en el pueblo, anegando la mayoría de puestos del mercado. Alaska, no daba abasto en correr de un lado a otro bajo el viento y la lluvia intentando recuperar su preciado tesoro: las castañas.
Los pájaros, los vecinos del pueblo y los amigos de Alaska, no dudaron en ayudarla ante esta terrible situación. Llegaron a recorrer muchos kilómetros para dar con todas y cada una de las castañas que había perdido. Sin las castañas, Alaska perdería su más preciado tesoro y el sustento del resto del año.
Gracias a la inestimable ayuda de todos, a la semana siguiente Alaska pudo abrir de nuevo su puesto en el mercado. Estaba convencida de que nadie, al margen de su tamaño o condición, era un amigo pequeño. Por eso, como recuerdo de aquel día, quiso construir una casita para los pajarillos y la escondió en lo más profundo del bosque, donde solía adentrarse a buscar sus castañas.