Aunque hoy en día “mis amores” son mi mujer y mi hija, hubo un tiempo muy lejano en el que ese lugar estuvo ocupado por otro tipo de “amores”. Curiosamente sus nombres comenzaban por la misma letra, casualmente también la letra por la que empieza mi nombre… y el de mis padres… y el de mi lugar de nacimiento: la “M”.
He de reconocer que con el paso del tiempo los “sentimientos” hacia “ellas” han cambiado y os contaré cómo y, tal vez, por qué.
En el caso de la primera, la de nombre más corto, es lógico que “nuestra” relación haya sido muy variable. “Ella” no hace más que cambiar, yo no lo llamaría “evolucionar” en este caso, porque para mí su mejor época fue precisamente aquélla en la que “nos conocimos” y en la que yo reconocí más de una vez que no podía estar sin “ella” e incluso llegué a ser más explícito asegurando que mi vida era “ella”. Podría decirse que en la actualidad, aunque sigue estando en mi vida, ya no es como antes ni mucho menos: a veces, me sorprende con algo nuevo que me hace volver a pensar en su belleza anterior, pero la verdad es que la mayoría del resto de sensaciones nuevas no son de mi agrado, me parecen poco afortunadas. Eso sí, también creo que yo podría tener algo de culpa en ello, porque es cierto que en las ocasiones en que puedo dedicarle algo más de tiempo, a ser posible en exclusividad, descubro que entre toda esa “fachada” de mediocridad siguen escondidos bastantes retazos de lo que, en sus tiempos, me hacía poner “la piel de gallina”. Quizá, y como he dicho antes, el verdadero culpable de todo esto sea yo, por no haberme percatado de que, en realidad, el que ha cambiado, y mucho, he sido yo. “Ella” sigue ahí y todo lo maravilloso que tiene, también. Simplemente se ha adaptado a estos tiempos y ha tenido que crecer diversificándose, pero su esencia permanece intacta y “el que busca, encuentra”.
En cuanto a la segunda, quizá la más decisiva en mi vida por lo que ha representado en ella, y aún sigue haciéndolo, llegó a mi “conciencia” tras un episodio muy traumático a la edad de cinco años. Lo recuerdo perfectamente porque, como he dicho, fue traumático para mí, y sucedió de esta manera: me encontraba en la habitación de mi casa que denominábamos “despacho”, únicamente, porque había una mesa grande de oficina en un rincón. Estaba sentado en un cómodo sofá leyendo un libro que me había regalado mi tío Luis que se llamaba “Maravillas del Mundo”. Seguramente lo conoceréis algunos. El caso es que uno de los capítulos versaba sobre los tesoros encontrados en las cámaras funerarias de las pirámides y templos del Antiguo Egipto y, en concreto, se veían fotografías de diversos ataúdes y alguna que otra momia. Aquello era desconocido para mí, así que le pregunté a mi vecino y amigo Carlos, dos años mayor que yo, qué eran esas cosas tan extrañas. Me explicó que cuando te morías te metían ahí dentro para siempre. De repente, sentí algo muy intenso y desconocido en mi interior, que siempre lo he identificado con el momento de “tener uso de razón” o, mejor dicho, adquirir la consciencia de que existimos y, a la vez, de que dejaremos de existir en algún momento y eso será definitivo. No sé si seréis capaces de imaginar el desasosiego que se apoderó de mi ser al darme cuenta de la trascendencia del hallazgo. Aún no lo he superado, simplemente disimulo. Pero fue en ese momento en el que tomé una decisión que me unió a mi segunda “M”. Y aunque tardé unos años en comenzar a cultivarla y desarrollarla, ya no dejó de estar en mi horizonte desde aquel “señalado” día.
Y sí, aunque sigo unido a ella y así será hasta el fin de mis días, reconozco que es la que más me ha decepcionado hasta el momento. Y precisamente la gran decepción que he sufrido con ella es la que me ha hecho, con el paso del tiempo, transformar por completo el “uso” que hago de ella.
Por último, con respecto a la tercera, la que contiene más letras, he de decir que es mi relación más constante, sin altibajos. Siempre está ahí, nunca falla, no sorprende, no necesita dedicación, sólo precisa una mente receptiva y, por qué no decirlo, tal vez algo clarividente. Si consigues “verlo” todo claramente, se convierte en una aliada, y la vida, en muchos aspectos, se hace mucho más fácil. Alguien hace mucho tiempo me dijo que era “brillante” en ello. Lástima que la segunda se interpusiera en mi vida por las razones ya expuestas. En caso contrario ahora sólo estaríamos hablando de dos “emes”, ya que ésta última habría, sin duda, ocupado el lugar de la segunda y, también lo tengo claro, no me habría decepcionado ni lo más mínimo.
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