Entre 1939 y 1945, hubo en Madrid más de 20 prisiones habilitadas, varias de ellas en edificios religiosos. A fecha de 31 de diciembre de 1939 se hallaban en funcionamiento las prisiones de Yeserías, Porlier, Conde de Toreno, Santa Engracia, Torrijos, Duque de Sesto, Ronda de Atocha, Barco, Cisne, Ventas, San Antón, San Lorenzo, Santa Rita, Comendadoras, Claudio Coello y Príncipe de Asturias.
En este caso, la localización nos muestra la Prisión Habilitada de Torrijos que ocupaba un antiguo convento de monjas ubicado en el número 65 de la calle de Torrijos, hoy calle del Conde de Peñalver, en el distrito de Salamanca.
La aristócrata y filántropa española Fausta Elorz y Olías encargó la construcción del inmueble para servir de sede a una residencia de ancianos regentada por la congregación de las Hijas de la Caridad. Este centro madrileño fue diseñado por el arquitecto Daniel Zabala Alvárez en el periodo que va desde 1910 a 1914; y se trata de un edificio construido con una fachada de ladrillo de estilo neomudéjar.
Antes de la Guerra Civil, el edificio fue confiscado a la congregación y destinado a albergar una prisión para mujeres. Durante la contienda, el edificio mudó a Cuartel de Tropas Transeúntes. Su historia como cárcel masculina es breve, comprendida entre 1939 y 1940. En adelante, durante un corto espacio de tiempo, fue asignada a la Sección Femenina de la Falange Española, hasta que ya en los años cincuenta vuelve a su función original como sede de una institución geriátrica a cargo de la Fundación Elorz.

Antigua Carcel de Torrijos, hoy residencia de mayores.
Durante su etapa como prisión masculina, fueron diversos los personajes de renombre que fueron recluídos en ella; nombres destacados de la República como el poeta Germán Bleiberg, Fernando Fernández Revuelta, capitán del ejército republicano y corresponsal durante la guerra del periódico El Socialista, el abogado y político Fidel Manzanares Muñoz o Luis Rodríguez Isern, miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas.
Pero, sin duda, el preso más conocido del centro fue el poeta oriolano Miguel Hernández, quien al poco de ser recluido en la cárcel de Torrijos escribe a su mujer Josefina Manresa, y es entonces cuando ésta le responde describiendo que ella sólo tiene pan y cebolla para alimentarse. Este mensaje entristeció profundamente a Hernández y, en consecuencia, decidió escribir a su hijo “Nanas de la cebolla”. Además, escribió una carta desoladora para su esposa, contándole que lo único que le podía ofrecer desde la cárcel era su apoyo a través de la poesía.
Nanas de la cebolla
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
Una mañana, Hernández se acercó a otro preso que dibujaba en el patio espantando los demonios del encierro. Tras preguntarle el poeta si era dibujante, le enseñó uno de sus bocetos, dedicado a su hijo Manolillo, y se marchó en silencio. Aquel recluso que dibujaba en el presidio se convertiría con el tiempo en el famoso humorista Miguel Gila. No pudo reconocer al célebre poeta en ese cuerpo demacrado, a pesar de haber coincidido con él en el frente de Somosierra.
Sirva este caché para rendir un sencillo homenaje más a ambos Migueles