En un pequeño pueblo, había una vieja caseta telefónica abandonada. La leyenda decía que si levantabas el auricular a medianoche, podías escuchar la última conversación de un hombre llamado Roberto, quien, años atrás, había llamado a su esposa justo antes de que la asesinaran.
Una noche, un joven llamado David decidió probarlo. Entró en la caseta, levantó el auricular y escuchó, primero, la voz de un hombre pidiendo desesperadamente ayuda. Luego, el sonido de una mujer ahogada por sus propios gritos llenó el teléfono. Asustado, intentó soltarlo, pero la puerta de la caseta no se abrió.
A la mañana siguiente, encontraron a David muerto dentro, con el auricular en su mano y una expresión de terror en su rostro. Desde entonces, nadie se atreve a usar el teléfono por miedo a no poder salir jamás.