
El Mirador
En lo alto de una loma tranquila, donde los caminos de tierra se deshacen en senderos de hierba, se alza un mirador de madera envejecida por el tiempo. Desde allí, el mundo parece detenerse, suspendido entre cielo y campo.
El viento, suave como un susurro antiguo, acaricia las hojas de los robles que bordean el sendero. El sol, colgado en lo alto, derrama su oro tibio sobre praderas que se pierden en la distancia, salpicadas de margaritas silvestres y amapolas tímidas.
Abajo, el valle se extiende como un edredón verde, cosido con hilos de río que brillan como espejos. Las ovejas pastan en pequeños grupos, su blancura rompiendo el verdor con gracia, y más allá, un molino gira con parsimonia, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
A lo lejos, las montañas se elevan suaves, no altivas ni ásperas, sino como guardianas dormidas, cubiertas de pinos y neblina azul. Un ciervo se asoma entre los arbustos, y tras observar el mirador, desaparece sin hacer ruido.
Sentado en el banco del mirador, uno siente que el corazón se serena. El mundo urbano, lejano, parece un mal sueño que no alcanza este refugio. Aquí, el tiempo camina descalzo y sin prisa.
Los pájaros conversan entre sí, y una mariposa revolotea sin rumbo fijo. Todo respira con calma. Todo es sencillo y eterno.

Y el alma, por un instante, recuerda lo que es estar en paz.