El Consejo de Artziniega
En Artziniega, donde la niebla baja por las montañas y las campanas suenan como en otros tiempos, Mari, la diosa madre de la mitología vasca, ha convocado a los viejos dioses, criaturas y espíritus de lo todos rincones. Algo amenaza la memoria de sus pueblos: el olvido, la rutina moderna, el abandono de lo mágico.
Cada tradición mítica envía un representante, el cuélebre astur, la Santa Compaña gallega, el Ojáncano cántabro, el Home dels Nassos catalán, el gamusino castellano, el hombre choto aragonés, el morcho andaluz...
Frente a Mari, todos ofrecen sus símbolos; el Cuélebre astur un huevo dorado, la Santa Compaña un cirio que nunca se apaga, el Ojáncano una piedra con sangre de jabalí, el Home dels Nassos un reloj sin manecillas, el esquivo Gamusino un cascabel mudo, el Hombre Choto aragonés una flauta de hueso y por último el oscuro Morcho andaluz un espejo roto. Mari los recoge y los lanza al viento. De ellos nace un árbol imposible, cuyas raíces tocan cada rincón de la península y cuyas hojas susurran en muchas lenguas.
Mari habla:
“Mientras se nos nombre, viviremos.
No temáis desaparecer, sino ser olvidados.”
Desde entonces, cada año, en una noche sin fecha fija, el pueblo de Artziniega cambia. Los niños sueñan con dragones, los mayores recuerdan lo nunca vivido, y si uno escucha con atención... puede oír el cascabel del Gamusino o ver a la Santa Compaña pasar sin dejar huella.
Y así, lo mágico no muere. Solo duerme donde aún se cree.
El Caché
Antes de abandonar la zona, el Ojáncano dejó caer de su zurrón unos mengues, unos pequeños diablos amarillos que en su interior guardan un tesoro. Los ocultó en el pueblo de Lezama, en una zona conocida como "El Alambique del Octano" y puso unos esbirros con trajes reflectantes a su cuidado.
Durante el día, los Mengues se ocultan bajo helechos o se deslizan por sitios estrechos como tuberías, grietas de roca o raíces huecas, donde la luz no los alcanza y el mundo olvida mirar.
Recuerda que los esbirros de trajes reflectantes saben el secreto. No parpadean, no preguntan, no responden, solo observan. Ellos saben dónde se esconden los Mengues... y por qué... así que no les tengas miedo.