
Era un jueves tarde, Jesús y Agapito, amigos de toda la vida, disputaban una partida de bolos que se tornó tensa. El marcador reflejaba una diferencia mínima y Jesús acabó ganando la partida en un último lanzamiento que tocó la moral de su compañero. Agapito, frustrado por la derrota, perdió el control.
En un impulso violento, cogió una de las bolas -la más pesada y con un tacto rugoso, específica para jugadores avanzados- y la lanzó a la cabeza de Jesús. El golpe fue certero y mortal.
Acto seguido, Agapito escondió el cuerpo en la fosa de bolas. Sin embargo, asesino y cuerpo fueron localizados rápidamente. Lo que desconcertó a la policía fue la desaparición del arma homicida, que nunca llegó a encontrarse pese a las búsquedas exhaustivas.
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