

Lo sé, quizás los que no estuvisteis aquí no lo vivisteis, y es una pena, porque ¡merecía muchísimo la pena!
Tuvimos la suerte de que, en el verano de 2005, el foco de los anuncios se centraba en el Mediterráneo, el Levante y el sur del país. Imaginad un mes de junio en el norte en aquella época: la masificación era casi nula, los días eran interminables y las actividades turísticas, inexistentes. Salías de trabajar a las seis y tenías aún horas y horas por delante.
El destino era siempre la playa favorita de cada uno; en nuestro caso, La Maruca. Una playa de gente local que, tras días de veranos compartidos, generaban una camaradería especial: saludos, despedidas y charlas sencillas, justo lo necesario antes de "echar un cole". Un "cole" era nuestro ritual: tirarse al agua, oler el mar, mojarse, sentir el salitre y marcharse.
Algunas nos quedábamos un rato al sol; otros, pescaban o jugaban entre las rocas, pues junio solía ser un mes de pocas olas. La tarde se estiraba, y aquel 2005 nos guardaba un lugar de encuentro. Un lugar que nada tiene que envidiar al "Café del Mar" en Ibiza, "Maspalomas" en Gran Canaria o "Cabo de Gata" de Almería. Allí la gente iba a lo suyo, pero te encontrabas con todo el mundo.
El sol lucía hasta casi las diez de la noche; había que exprimir cada rayo del calor que tanto necesitábamos. ¡Es junio y no me voy a casa! ¿Tardear en una terraza o ir a la bolera?
Elegíamos ambas. En las boleras se juega a los bolos, claro, pero sobre todo se queda a tomar algo con la familia y los colegas. Yo he jugado poco, pero he visto muchos bolos y me he sentado en incontables gradas. No voy a escribir sobre muchas de esta serie, solo en las que son realmente especiales, y esta lo es.
El 2005 y los años siguientes en esta zona fueron mágicos para nosotros. Para que os unáis a esa magia, os dejamos un pequeño regalo fácil de encontrar por aquí. Para llegar, tendréis que pasar este laberinto de callejas en la zona más salvaje que aún conservamos en Santander.