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¿Coordenadas de una despedida? Traditional Cache

Hidden : 2/14/2026
Difficulty:
1.5 out of 5
Terrain:
1.5 out of 5

Size: Size:   micro (micro)

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Geocache Description:


La tarde en Trasmiera caía lenta, como si el sol también se resistiera a marcharse.  
La bruma del Cantábrico se deslizaba por los prados y los tejados rojos, suavizando los contornos de todo lo que él quería recordar.  
Junto a la vieja ermita del alto, ella miraba el valle en silencio, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta, intentando atrapar el último calor del lugar.  
Sabían que era la última vez que verían aquel paisaje como su hogar, y la palabra mudanza pesaba más que las cajas apiladas en casa.  

Habían decidido despedirse caminando, como tantas veces, siguiendo los senderos donde escondieron sus pequeños tesoros.  
Cada paso era una coordenada de memoria, un punto en el mapa invisible que sólo ellos conocían.  
Al llegar al primer recodo del camino, él señaló un murete de piedra cubierto de musgo.  
Allí, años atrás, habían colocado su primer caché, temblando de emoción al ver el primer registro de un desconocido.  

—¿Te acuerdas del mensaje aquel, el del viajero alemán? —preguntó él, sonriendo.  
—Decía que este lugar parecía sacado de un sueño —respondió ella—. Nunca supo cuánta razón tenía.  
Rieron despacio, con esa risa que nace más del cariño que del chiste.  
El eco se perdió entre los robles, como otra nota más en la melodía secreta de Trasmiera.  

Siguieron caminando entre caminos de arcilla y rumor de regatos, visitando uno a uno los rincones donde habían escondido cajas, pistas y palabras.  
Cada caché era un capítulo: el de la playa perdida al final del acantilado, el del puente donde casi se caen al río al resbalar, el del mirador donde se habían besado por primera vez.  
El viento parecía susurrar los nombres de todos aquellos buscadores que habían pasado por allí, completando un juego que ahora también era despedida.  
La región, de pronto, se sentía viva, consciente de que estaban diciéndole adiós.  

Cuando llegaron al último punto, un alto desde donde se veía la mar como una línea de plata, el silencio se volvió más denso.  
El caché dormía bajo una roca, discreto, guardando papeles ya amarillentos y pequeñas figuras que otros habían dejado como promesa de regreso.  
Ella abrió la caja con cuidado, como si fuera un relicario, y añadió una nota doblada en cuatro.  
Él no necesitó leerla para saber que hablaba de gratitud, de amor y de caminos que continúan en otro lugar.  

—¿Te da pena irte? —susurró él.  
—Me da pena despedirme —respondió ella—. Pero lo que hemos vivido aquí, eso no se muda, se viene con nosotros.  
Entonces, algo extraño ocurrió: una ráfaga de viento levantó las hojas secas a su alrededor, girando en un pequeño remolino.  
Parecía que el paisaje entero se inclinaba, como si la región misma les estuviera devolviendo el saludo.  

Las nubes se abrieron apenas un momento, dejando pasar un rayo de luz que iluminó el valle, los prados, los pueblos diminutos.  
Sintieron que todos aquellos lugares donde habían escondido cachés se unían en una línea invisible, dibujando sobre Trasmiera una especie de constelación secreta.  
Una constelación hecha de risas, de búsquedas, de abrazos al encontrar la caja escondida bajo una raíz.  
Y comprendieron que, aunque sus pasos se alejaran, una parte de ellos seguiría circulando por esos caminos.  

—No nos despedimos de Trasmiera —dijo él al fin, tomando su mano—. Sólo cambiamos de punto en el mapa.  
—Y no nos despedimos de nosotros —añadió ella—. Ni de lo que hemos sido aquí.  
Se abrazaron en silencio, dejando que el murmullo del viento y el lejano canto de un pájaro fueran las únicas palabras necesarias.  
Al alejarse, sintieron una calma extraña, como si la propia tierra les hubiera dado permiso para marcharse.  

Esa noche, alguien encontraría la nota en el último caché y leería una frase sencilla: “Gracias por buscarnos aquí; ahora seguimos escondidos en otra parte”.  
Y aunque ellos ya estarían en otra región de la provincia, deshaciendo cajas y abriendo nuevas rutas, sabrían que, en Trasmiera, nada terminaba del todo.  
Porque los buenos momentos no se despiden, sólo cambian de coordenadas.  
Y porque hay amores que, como ciertos lugares, se quedan para siempre, aunque uno ya no viva allí.

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