
Paseando por la calle Embajadores no puedes evitar fijarse en el enorme edificio de ladrillo que ocupa toda una manzana entre las calles Sebastián Herrera, Bernardino Obregón y Palos de la Frontera. Se trata de la antigua Academia de Farmacia Militar, uno de los mejores ejemplos de arquitectura institucional levantados en Madrid durante el primer tercio del siglo XX.
El complejo fue inaugurado en 1927 para albergar la Academia de Farmacia Militar y el Laboratorio Central de Medicamentos del Ejército. Más allá de la función para la que fue concebido, el edificio destaca por su acertada combinación de monumentalidad, funcionalidad y sobriedad, tres características que definían buena parte de la arquitectura militar de aquella época.

Su autor, el ingeniero militar Pascual Fernández Aceituno, diseñó un edificio pensado para durar. La primera impresión la produce su extensa fachada de ladrillo visto, un material muy utilizado en la arquitectura madrileña desde finales del siglo XIX por su resistencia, economía y facilidad de mantenimiento. El ladrillo, apenas interrumpido por elementos decorativos de piedra, aporta al conjunto una imagen sólida y austera, muy acorde con el carácter científico y militar de la institución.
Los dos edificios representativos, a la calle de Embajadores y destinados a oficinas y laboratorio, se rematan con torreones laterales y cúpulas centrales muy rebajadas de aire oriental.
Los huecos están enmarcados con jambas y dinteles de ladrillo visto, tratamiento repetido en las torrecillas laterales con distinto dibujo. Los otros pabellones que presentan testeros a las calles secundarias se rematan con frontones triangulares, reflejo de sus cubiertas a dos aguas.
A diferencia de otros edificios oficiales construidos en esos mismos años, donde abundaban los adornos historicistas, la antigua Academia de Farmacia Militar apuesta por una ornamentación muy contenida. Las líneas rectas, la repetición rítmica de ventanas y la marcada simetría de sus fachadas transmiten una sensación de orden y disciplina, cualidades que también definían el funcionamiento del propio centro.

El edificio ocupa una manzana completa y se organiza alrededor de varios patios interiores. Esta distribución no respondía únicamente a criterios estéticos. En una época en la que la iluminación natural y la ventilación eran fundamentales para el trabajo en laboratorios químicos y farmacéuticos, los patios permitían que todas las dependencias recibieran abundante luz y aire fresco. Además, facilitaban la separación entre las distintas áreas de trabajo, diferenciando los espacios dedicados a la enseñanza, la investigación, la fabricación de medicamentos y la administración.
En el interior, la distribución giraba en torno a grandes naves y patios que permitían ventilar los laboratorios y separar las zonas de fabricación, análisis y docencia. Destacaban la Sala de máquinas del laboratorio central, documentada ya en 1898, y el Laboratorio de la academia de farmacia de 1950. En la planta baja se organizó la mayor parte de la exposición museográfica, con 13 salas que incluían la reproducción del Laboratorio iatroquímico de la Farmacia Real de 1683. Los techos altos, la luz natural y los revestimientos de materiales resistentes a químicos revelan una arquitectura pensada para el trabajo científico antes que para el ornato.
Otro de sus aspectos más interesantes es la combinación de arquitectura industrial y representativa. Aunque su aspecto exterior transmite la solemnidad propia de un edificio oficial, en realidad fue concebido como una auténtica fábrica de medicamentos, equipada con laboratorios, salas de producción, almacenes y aulas. Esa dualidad convierte al inmueble en un magnífico ejemplo de la arquitectura científica e industrial de principios del siglo XX, donde la funcionalidad condicionaba cada decisión constructiva.
Pero el edificio no solo fue un lugar dedicado a la investigación. También albergó el Museo de Farmacia Militar, una colección que comenzó a formarse casi al mismo tiempo que el propio edificio. En sus salas se conservaban antiguos frascos de botica, instrumentos de laboratorio, balanzas, morteros, documentos históricos e incluso maquinaria utilizada para fabricar medicamentos. Era un recorrido por siglos de historia de la farmacia, visto desde la perspectiva militar.
Durante casi nueve décadas, el museo permaneció en el edificio de Embajadores. Sin embargo, en 2015 tanto la colección museográfica como las actividades del Centro Militar de Farmacia fueron trasladadas a la Base Logística de San Pedro, en Colmenar Viejo, donde hoy continúan conservándose y pueden visitarse mediante cita previa. Con este traslado terminó una etapa de 87 años en la historia del inmueble madrileño.
Hoy, aunque ya no desempeña la función para la que fue construido, el edificio continúa siendo una pieza destacada del patrimonio arquitectónico madrileño. Su elegancia, la calidad de su construcción y el magnífico estado de conservación de sus fachadas permiten entender cómo la arquitectura puede responder con eficacia a las necesidades de la ciencia, la industria y la administración sin renunciar a una imagen monumental. Es uno de esos edificios que, sin buscar protagonismo, cuentan una parte importante de la historia de Madrid simplemente con contemplar sus muros de ladrillo.
