
Hospital de Orbigo 4 y 5 de Junio de 2011.
La cosa comenzó el día primero de enero del propio
año de 1434. El Rey Juan
II celebraba su sarao en su corte de Medina
del Campo. El faraute cortó la fiesta, anunciando que un
grupo de caballeros incógnitos armados de todas armas, pedía
inmediata audiencia al rey. Se detuvo la danza; se abrieron cien
ojos interrogantes, y entre el silencio de la Corte, entraron
diez caballeros, brillantes de acero, como
estatuas; cruzaron el salón y el faraute lanzó la
grida de Suero de Quiñones, capitán del
grupo.

Se hallaba el caballero prisionero de amor " por
una muy fermosa señora", dueña de su albedrío, y
había hecho voto de ayunar todos los jueves y colgar al cuello una
argolla de hierro en señal de esclavitud. Pero
deseaba la libertad, y había puesto precio a su rescate. A fin de
conseguirlo pedía autorización al rey para alzar sus tiendas en el
camino de los peregrinos de Compostela, en el
lugar de la Puente de Órbigo, durante un mes, él y nueve
mantenedores, contra todos los caballeros que acudieran, hasta
romper trescientas lanzas, a razón de tres por
caballero. Y para que cada dama que pasara rindiera su guante
derecho, que perdería si no lo rescataba en lucha algún caballero,
y, en fin, para que, rotas las lanzas del compromiso, se le
declarara, por jueces sabidores en Leyes de
Caballería, libre de su prisión de amor.

Un silencio profundo había seguido al pregón de Suero de
Quiñones. Juan
II, con su Consejo deliberaba. Luego otra vez la
voz del faraute que, con su acento de cántico, rubricaba la
autorización real y daba lectura, una a una, a las Ordenanzas que
habían de regir como ley en el paso de armas que ya todos llamaban
Honroso.
Y León, Rey de Armas, que, tomando en su mano
el pergamino, con el desafío de Suero, prometía leerlo en
"todas las Cortes de la Cristiandad por do andar se
podía", y pregonarlo ante todos los reyes, duques y
señores para que autorizaran a sus caballeros y vinieran a luchar
en el lugar de la Puente de Órbigo.
Y ahora estos preparativos, alzando, junto al Puente, la
liza donde han de luchar los caballeros; los cadalsos
desde los que la nobleza y el pueblo, los jueces y los escribanos,
han de presenciar los combates, y las veintidós tiendas, verdadera
ciudad provisional, bajo cuyas telas, durante treinta días, se ha
de mover una nube de caballeros y
damas, de jueces y
escribanos, de trompeteros y
armeros, de coperos y capellanes,
de médicos y albigüistas, de
enfermeras y dueñas de
estado....
Es el 11 de julio de 1434. Ya está la liza
concluida. Entre los dos brazos del río, cara al
Puente, se alza el portón principal, prolongado de banderines y
florituras góticas. Del Cadalso de los jueces pende el Paño
Francés: largo tapiz, donde se han colgado las espuelas de
los aventureros que han llegado ya para combatir y que se les
devolverán -prenda de honor- una vez que realicen sus combates. Los
demás cadalsos, de la nobleza y del pueblo,
abarrotados de gentío, revientan de griterío y
color.
Dalmao, trompetero mayor del rey, sale a la
liza y eleva al aire la trompeta con agudos metálicos de clarín. Se
hace un silencio profundo, y bajo el arco que sostiene el
blasón de los Quiñones entra en la arena el más
espectacular cortejo que pudo soñar la caballería y que va siendo
subrayado con ovaciones por la multitud.

El cortejo da dos vueltas a la liza; luego se detiene. Suero de
Quiñones, hecho el silencio por los trompeteros, se aúpa en el
caballo y se dirige a los jueces. Desde el cielo cae la noche
caliente y estrellada. El Passo Honroso de Suero de
Quiñones está abierto a todos los caballeros del
mundo.
12 de Julio a 10 de Agosto de 1434. Rápido
deslizarse de escenas y estampas de movido color. Una, dos, cinco,
treinta lanzas rotas.... Choques de caballeros, lanza en ristre,
como brillantes estatuas ecuestres en bronce. Los jueces dan a cada
combate su veredicto. El escribano escribe...
9 de Agosto.
Atardecer sobre el Puente y la liza. Se acaban de desarrollar
las últimas justas del Passo; aquella de don Juan de
Portugal, caballero grueso torpe y parlanchín, que llegó
con un cortejo de músicas y pajes y a cuyo caballo, tan pesadote
como su dueño hubo que "embeodar con vino" para
que acometiera, y esta de Carrion y Rabanal, que
ya a nadie interesa.
La gente espera con impaciencia el momento, que ya llega; éste
de vitorear al capitán del Passo, que ahora, en la
liza, está con su cortejo el mismo cortejo del día de la apertura,
y por el mismo orden, con sus trompeteros, caballeros y
pajes, para una vez hecho el silencio, pedir a los jueces
que declaren cumplidas las justas, y a él y a sus mantenedores
libres de la prisión de amor.
Se han dado fin a los treinta días señalados para el Torneo. Y
en gracia a ello, si bien no se han roto más de 166
lanzas, los jueces dan por rotas las 300 y por cumplidas
las condiciones. El rey de armas y el faraute
bajan a la liza. Desmonta Suero, y se inclina ante
ellos, que ceremoniosamente extraen la argolla de hierro del cuello
del capitán.
Estalla otra ovación en los cadalsos. Los jueces, con larga
rúbrica firman las actas, que, extendidas por el escribano
Pedro Rodríguez de Lena, dan fe de cuanto en el
Passo ha acaecido. Y se despachan cartas para el rey. Y se
encienden luminarias de júbilo para que dance la
muchedumbre.
A la mañana siguiente, 10 de Agosto, se alzan
las tiendas, y Suero y sus mantenedores, cruzando el Puente, toman
por Santa María de Carrizo camino de León. Atrás
quedó Hospital, los peregrinos pasando y los capellanes
hospitalarios cuidando de los enfermos. Atrás quedó el Puente,
testigo de tan grande hazaña, y que desde hoy se llamará para
siempre el Puente de Passo Honroso.
