Al principio eran sepultados los montañistas que morían allí y nadie los reclamaba, pero ahora son los propios amantes de los cerros los que eligen ese lugar para ser sepultados, cargándolo aún más de significado. Entre las placas de conocidos aventureros como Bernardo Razquin, Nicolás Plantamura y Adriana Bance (primera mujer que hizo cumbre), hay otros de viejos trabajadores del tren y una cantidad no precisada de tumbas sin nombre que le dan la cuota de misterio a Puente del Inca. Además hay placas homenaje de personas que no fueron sepultadas en el cementerio. En el Aconcagua han muerto 110 montañistas intentando llegar a la cumbre.
Aunque es un lugar destacado por todos, no hay cuidadores oficiales ni tiene presupuesto para su mantenimiento. Está en jurisdicción municipal, pero no tiene responsable y ni siquiera hay un registro de quienes son sepultados en el lugar (nadie sabe con precisión cuántos cuerpos hay). Por eso, muchas lápidas han sido destruidas y robadas, igual que placas de bronce y ofrendas dejadas a los andinistas. Hace tres años se logró ampliar el predio y se terminó el cierre perimetral. Los oficiales del Comando de Montaña y algunos operadores del Aconcagua son los protectores "ad honorem". Ahora, en la Legislatura hay un proyecto de ley para que parte de la recaudación que se obtiene de la temporada de ascensiones sea destinada a la restauración y el mantenimiento del cementeriol.