Señorío de María de Huerva, 29 de Mayo de 1610
No podía creérmelo; aquello no podía estar pasando. Acababan de comunicarnos, a las 200 familias que habitábamos "El lugar Viejo", que teníamos tan solo tres días para abandonar nuestros hogares, llevándonos únicamente los bienes que pudiéramos cargar durante el viaje. Incluso nos llegaron a amenazar, bajo pena de muerte, a aquellos que escondiésemos o destruyésemos alguno de los bienes que nos quedasen.
Era un decreto del monarca Felipe III, por el cual se nos expulsaba a los moriscos de la Corona de Aragón, tal y como ya había ocurrido con los del Reino de Valencia y Extremadura.
¿Qué iba a ser ahora de mi familia? Nosotros, descendientes de musulmanes que habían decidido quedarse en el valle del Ebro, allá en el siglo XII, para poblar esta tierra pobre y árida en torno a este castillo, rindiendo vasallaje a su señor.

Nos encontrábamos en el patio de armas del castillo. Aquí nos habían reunido, con nuestras escasas pertenencias, ante el alcalde del castillo. Todo caras tristes, de desolación, de lamento.
Y de pronto salí corriendo. Esquivé a cristianos viejos y a moriscos, descendiendo la empinada escalinata que me condujo hasta los pies del castillo. Oí voces a mis espaldas, pero continué mi carrera colina abajo.
Corrí entre las calles y las casas, siempre ladera abajo, oyendo las voces que me perseguían, cada vez más cerca.
Se acababan ya las viviendas y de pronto vi, en un recodo del camino, unos agujeros entre los muros de roca. Había dos, separados por escasos metros, uno más alto al que no podría subirme y otro a ras del suelo, en el que me introduje, agazapada.
En su interior reinaba la oscuridad, pero no me importaba. Avancé, agachada en la penumbra, recorriendo un pequeño tramo, hiriéndome palmas y rodillas y en el hueco entre unas piedras, allí lo deposité, esperando que nadie lo encontrase.
Retrocedí y salí al camino. Entonces sentí un fuerte golpe en la sien y todo en torno a mí, se volvió oscuridad.
