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#091 - En un lugar de la Mancha Mystery Cache

Hidden : 8/1/2017
Difficulty:
1.5 out of 5
Terrain:
1.5 out of 5

Size: Size:   micro (micro)

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Geocache Description:


 




Pero, dejando esto aparte, dígame vuestra merced qué haremos deste caballo rucio rodado que parece asno pardo, que dejó aquí desamparado aquel Martirio que vuestra merced derribó; que, según él puso los pies en polvorosa y cogió las de Villadiego, no lleva pergenio de volver por él jamás; y ¡para mis barbas, si no es bueno el rucio! -Nunca yo acostumbro --dijo don Quijote- despojar a los que venzo, ni es uso de caballería quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso, lícito es tornar el del vencido, como ganarlo en guerra lícita; así que, Sancho, deja ese caballo o asno, o lo que tú quisieres que sea; que como su dueño nos vea alongados de aquí, volverá por él. -Dios sabe si quisiera llevarle -replicó Sancho-, o, por lo menos, trocalle con este mío, que no me parece tan bueno; verdaderamente que son estrechas las leyes de caballería, pues no se extienden a dejar trocar un asno por otro; y querría saber si podría trocar los aparejos siquiera. - En eso no estoy muy cierto -respondió don Quijote-; y en caso de duda, hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos necesidad extrema. -Tan extrema es -respondió Sancho-, que si fueran para mi misma persona no los hubiera menester más. Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum, y puso su jumento a las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto. Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron, bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos, tal era el aborrecimiento que les tenían por el ruedo en que les habían puesto. Cortada la cólera y aun la malenconía, subieron a caballo, y sin tomar determinado camino (por ser muy de caballeros andantes el no tomar ninguno cierto), se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo esto, volvieron al camino real, y siguieron por él a la ventura, sin otro designio alguno. Yendo, pues así caminando, dijo Sancho a su atrio: -Señor, quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con él? Que después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han podrido más de cuatro cosas en, el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua no querría que se malograse. -Dila -dijo don Quijote-, y sé breve en tus razonamientos; que ninguno hay gustoso si es largo. -Digo, pues, señor -respondió Sancho-, que de algunos días a esta parte he considerado cuán poco se gana y granjea de andar buscando estas aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas de caminos, donde, ya que se venzan y acaben las más peligrosas, no hay quien las vea ni sepa, y así, se han de quedar en perpetuo silencio y en perjuicio de la intención de vuestra merced y de lo que ellas merecen. Y así, me parece que sería mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced, que nos fuésemos a servir a algún emperador o a otro príncipe grande que renga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de su persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto del señor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar a cada cual según sus méritos, y allí no faltará quien ponga en escrito las hazañas de vuestra merced, para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues no han de salir de los límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en la caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso que se han de quedar las mías entre renglones. -No dices mal, Sancho -respondió don Quijote-; mas, antes que se llegue a ese término, es menester andar por el mundo como en aprobación, buscando las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal, que cuando se fuere a la corte de algún monarca, ya sea el caballero conocido por su obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces, diciendo: «Éste es el caballero del Sol, o de la Sierpe, o de otra insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes hazañas.



39.950811 -3.265063



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