El Cementerio de la Almudena, es la mayor necrópolis de España, y una de las más grandes de Europa.
Inaugurado en 1884, fue el cementerio principal de Madrid hasta 1973, y desde la década de los años 20 del siglo pasado hasta la construcción del Cementerio Sur, que está situado en el distrito de Carabanchel, fue el único cementerio disponible en la ciudad para la mayoría de la población.
Entrada principal del Cementerio de La Almudena
Con unas 120 hectáreas de extensión, entre sus muros están enterradas más de cinco millones de personas, número que sobrepasa con creces a los actuales habitantes de la ciudad.
El gran tamaño de este camposanto hizo necesaria la implementación de una línea de autobús, concretamente la nº 110, que conecta la gran Necrópolis con la Plaza de Manuel Becerra. Doce son las paradas que esta línea de la EMT tiene situadas en el interior de este inmenso cementerio.
Muchas son las leyendas que ha generado este camposanto con el paso de los años, como la leyenda del “enterrador fantasma”, o la del “ángel exterminador”, conocido popularmente como Fausto.
Fausto es la estatua de un ángel que corona la capilla del cementerio. Se dice que si oyes su trompeta tocar, la muerte te acecha a ti o a un ser querido. Este hecho provocó cierta psicosis en la población de la época desde la inauguración de este camposanto. Inicialmente, la estatua tenía colocada la trompeta como si la estuviera tocando, y se tuvo que remodelar y ponérsela en su regazo, para calmar a la atemorizada población. Se dice que a día de hoy aún se escucha, sobre todo por las noches.
Capilla del Cementerio de La Almudena, con la estatua de Fausto en lo más alto
Obviamente, esta línea 110 de autobús, que en horario de invierno incluso circula de noche por las entrañas de este camposanto, no podía quedar exenta también de fenómenos paranormales, o al menos, extraños.
Varios son los testimonios de conductores de esta línea que aseguran que en la primera parada, una chica joven sube al autobús, y que pulsa el timbre de parada que queda cerca del monumento a los Héroes de Cuba, que coincide con la parada nº 9 de la necrópolis. Sin embargo, cuando miran al espejo para abrir las puertas traseras, la joven ha desaparecido.
Cuentan también los conductores que en ocasiones, cuando realizan el último recorrido por el camposanto camino de encerrar el autobús en las cocheras, sin viajeros dentro, se activa la luz de “parada solicitada” en la última parada.
Línea 110 de la EMT a su paso por el Cementerio de La Almudena
Una leyenda más reciente, que comienza en las coordenadas proporcionadas y que sigue sin ser esclarecida, cuenta la historia de un hombre que volvía a su casa en esta línea 110 de autobuses.
Se dice que iba organizando en su cabeza las tareas que tenía que hacer al llegar a su casa, después de un largo día de trabajo. Abstraído en sus pensamientos, no se dio cuenta de que la parada de su casa había quedado atrás. Cuando reaccionó de su ensimismamiento, instantáneamente accionó el pulsador de parada del autobús, que frenó casi en seco al recibir la señal. Le extrañó mucho que el autobús fuese completamente vacío, y no recordaba haber visto salir o entrar a nadie del mismo, aunque no le dio ninguna importancia, achacándolo a su despiste.
El autobús abrió sus puertas traseras, y el viajero le dio las gracias y las buenas tardes al conductor, aunque no obtuvo respuesta. Bajó del autobús, y se quedó perplejo al darse cuenta que estaba dentro del Cementerio de La Almudena, que a pesar de no quedar muy lejos de su casa, era completamente desconocido para él.
Se giró para intentar preguntarle al conductor si podía volver a montar en el autobús, o que le indicara por donde estaba la salida del cementerio, pero se quedó de piedra al ver que el autobús había desaparecido sigilosamente. Estaba sólo en mitad de una inmensa necrópolis, perdido, y estaba anocheciendo.
Sin nadie a quién preguntar y sin tiempo que perder, ya que la oscuridad acechaba, se acercó al poste de la parada de autobús que estaba próxima a donde se había apeado. No encontró ningún plano ni ninguna indicación relevante, pero le llamó la atención el código de la parada, que sin querer memorizó, y redujo a un solo número por su afición a las matemáticas.
Decidió emprender la marcha en la dirección contraria de donde se situaba esta parada de autobús, confiando en que en línea recta y por la misma acera, llegaría a alguna indicación de salida.
A pocas decenas de metros de haber comenzado su regreso, sintió que alguien le observaba. Se giró, pero no vio a nadie. Sin embargo, los ojos inertes de una estatua que estaba prácticamente escondida dentro de un seto, despertaron su curiosidad. Al acercarse a ella, se percató que entra la vegetación se ocultaba un gran ángel de piedra, de tamaño natural, que custodiaba una tumba, en cuya esquina había un número que también llamó la atención de nuestro despistado viajero, ya que coincidía con el día de su cumpleaños. Se dio cuenta que, multiplicando la cifra reducida de la parada de autobús por la cifra de la tumba del misterioso ángel, le daba como resultado una distancia en metros que, siguiendo con la vista en la dirección de su marcha, acababa aproximadamente en un lugar donde se encontraba una persona, que parecía completamente inmóvil. Este hecho tranquilizó mucho a nuestro viajero, y rápido se acercó a pedir ayuda a este sujeto que había localizado en la penumbra.
Un jarro de agua fría le cayó encima cuando llegó a este punto, ya que lo que le pareció ser una persona desde la lejanía, resultó ser una estatua, triste y lúgubre, que portaba una rosa en una mano, y un libro en la otra.
En su desesperación, se percató que esta tumba también poseía un número en una esquina, que guardaba cierta relación con el de la parada del autobús. Multiplicó ambos números en su cabeza, mientras descubría atónito que en el libro de portaba esta estatua, se estaban dibujando espontáneamente dos letras: SW, que nuestro protagonista entendió como si de una dirección se tratase.
Un extraño impulso le hizo situarse al lado de esta estatua, y mirar en la dirección que decía el libro. Se quedó estupefacto con lo que vio, abajo en la cara interior del muro, exactamente a la distancia en metros que acababa de calcular…
Ni que decir tiene que el respeto es lo primero, por lo que el contenedor final no está escondido en ninguna sepultura o elemento privado.
Por favor, no os llevéis el sello que hay en su interior, porque es imprescindible para el letterbox.
¡Feliz geocaching!