Ensenada de Caranza y ensenada do Montón. Dos pequeñas bahías separadas por la playa que da nombre al paseo. Abierta a la ría de Ferrol, el césped de este contrasta con el mar. Una continuación de la ciudad, unida por su carril-bici, cuyas vistas a A Ribeira y los astilleros de Navantia acompañan a los paseantes. Al borde del paseo, esas vistas se entremezclan con los diversos huertos urbanos situados a la orilla del mar.
Un saliente en el camino indica una nueva ventana a la ría. Con una planta de pequeñas dimensiones, y una combinación de blanco y piedra, se alza la ermita de Caranza. Allí desemboca un mirador. A su lado, las olas rompen contra el arenal muy transitado. Escasos metros arriba, descansan diferentes mesas de madera. Un espacio en el que se observa el mar entre la densa arboleda que protege a aquellos que aprovechan la zona de picnic. Un lugar lleno de tranquilidad y silencio en el que ya es habitual observar a gente disfrutando del deporte. Está en uno de los agujeros del muro, tapado por dos piedras.