Teleferico del Cabo Negro


Cuando los vertidos iban al mar en teleférico.
Hace casi cincuenta años comenzó a funcionar una peculiar instalación que hoy se consideraría un auténtico despropósito medioambiental. Sin embargo, los años 60 eran otros tiempos y el teleférico de Ensidesa funcionó cerca de una década arrojando al mar desde los acantilados del Cabo Peñas cerca de dos millones de toneladas de residuos industriales.
En la actualidad, 48 años después de que entrara en funcionamiento, apenas se mantienen la terminal, en las inmediaciones del núcleo de Montoril, en Podes, y las zapatas de algunas de las torres que sostenían el cableado del teleférico a lo largo de todo el recorrido.
El trazado unía el vertedero en el que se depositaban los residuos inertes de Ensidesa, en las proximidades de los gasómetros, y la terminal de Montoril, en la zona conocida como Cabo Negro. Se trataba de un trazado de casi siete kilómetros en línea recta que cruzaba Valliniello y las parroquias gozoniegas de Laviana y Podes para concluir en el imponente edificio de hormigón que aún hoy, pese a su visible deterioro tras casi tres décadas de abandono, preside los acantilados por los que caían al mar toneladas de residuos.
En la actualidad, el inmueble de la terminal es el principal vestigio de aquel medio de transporte ideado por los ingenieros de la empresa estatal para deshacerse de un modo fácil y rápido de las grandes cantidades de residuos que se generaban en la siderúrgica avilesina. Hace algo más de un año, el teleférico ha sido objeto de atención por parte del activo blog de internet Monsacro, mantenido por entusiastas del patrimonio industrial.
Cintas transportadoras
En las inmediaciones del edificio también se conservan aún trozos de las cintas transportadoras de goma que completaban el último tramo del teleférico. Eran las que vertían en última instancia los residuos que las vagonetas del teleférico depositaban en el edificio de la terminal, separado de los acantilados por apenas cincuenta metros.
La magnitud del vertido llama la atención aún a simple vista. El terreno ubicado ante la terminal del teleférico se halla a una altura sensiblemente superior a la de las fincas próximas y el borde del acantilado es especialmente inestable, formado por capas visibles de diferentes residuos lanzados al mar en los más de diez años que duraron los vertidos. Los efectos se notan rocas abajo, donde los depósitos de escoria y otros materiales están al alcance de la mano de quienes bajen hacia el mar por el camino contiguo .
Por esa vía, de hecho, es conocido el tránsito de trabajadores de empresas que recuperaban parte de los residuos vertidos por Ensidesa para el posterior aprovechamiento de los restos de mineral para otros fines. Un reciclaje que, de cualquier forma, alcanzaba a unas cantidades insignificantes con respecto a los millones de toneladas arrojadas al mar por el teleférico en sus años de existencia.
Pocas fueron las voces que desde entonces se han preocupado de los efectos ambientales del teleférico. Las últimas, las de un informe del colectivo Ecoloxistes n'Aición, y una solicitud del Partíu Asturianista al Ministerio de Medio Ambiente, en el año 2006, para que analice la posible presencia de metales pesados en la playa de Xagó y su entorno por efecto de los vertidos del teleférico y los que posteriormente se realizaron, por mar, con gánguiles.
