Después de haber asistido a la función especial en que se proyectó la película Roma de Cuarón, Alejo se quedó muy pensativo recordando las escenas de la película. Decidió salir al balcón a tomar aire y de repente, una ráfaga de viento del Bosque de Chapultepec golpeó el balcón. En esa esquina, en ese quiebre, ya no vio el concreto ni los árboles, sino que se transportó a la escena más impresionante de la película y sintió el rugir del mar de Tuxpan. Allí, vio a Cleo sosteniendo a los niños en las olas traicioneras, el agua arrastrándolos, y luego, el grito ahogado de la nana. Vio el terror y la absoluta entrega de Cleo al proteger a los pequeños, mostrándo un amor primario que trascendía la lucha de clases y el caos político de la Ciudad de México.
El recuerdo de esa escena era como el óxido en el metal del barandal: una marca de permanencia y dolor. Ese momento en el mar es el clímax emocional: la cámara no corta, nos obliga a quedarnos, a sentir el dolor y la desesperación en tiempo real. La esquina del barandal era esa inmersión forzada tan característica del estilo de Cuarón. La vida, como el barandal del Sur, parecía seguir una línea recta y predecible, pero la esquina... la esquina era donde la verdad doblaba y se asomaba la cruda realidad. Y esta gran verdad regresó a Alejo a su realidad. Obserbó de nuevo el barandal, en esa esquina, donde la línea terminaba y se doblaba, donde la belleza del bosque lo invitaba a perderse en la naturaleza y con una emoción demasiado grande para ser contenida, comprendió que hay momentos clave que marcan la vida, donde una sola acción te puede salvar o ahogar, y donde sólo tú eres quien puede determinar ese destino. Hay puntos de no retorno, quiebres donde el mar de la vida te obliga a elegir entre segiir adelante o rendirte. En Roma, Cuarón nos muestra, a través de Cleo, la única opción que realmente vale la pena: aferrarse y flotar. Como Geocachers muchas veces nos debarimos entre perseverar o claudicar, pero esa pasión de buscadores de tesoros nos impulsa a continuar.