La patada
Si vas a Castro y no "das la patada" al final del rompeolas, es como si no hubieras ido; directamente, el paseo no cuenta. Es el rito sagrado para certificar que te has recorrido los 500 metros del rompeolas como Dios manda. Da igual que seas un abuelo dando su vuelta diaria, un turista despistado o alguien haciendo running: al llegar al muro final, hay que soltar ese golpe con el pie para que el paseo sea oficial. Es una ley no escrita que se hace bajo la mirada de la Iglesia de Santa María y el Faro, y si no escuchas el "clac" de la zapatilla contra el hormigón, es como si te faltara algo para cerrar el día.
Lo mejor de todo es lo que significa ese gesto tan simple. Para los castreños, esa patada es una forma de decirle al Cantábrico quién manda, como un intento simbólico de "ensanchar" el pueblo y ganarle un pulso al mar. Es una tradición que se hereda de padres a hijos casi por inercia. Al final, es ese momento de desconexión total para respirar salitre, disfrutar de las vistas y sentirte parte de la villa antes de darte la vuelta y volver al jaleo. Es, básicamente, el código secreto que une a todo el mundo frente a la fuerza del mar.
El caché
Atención a los atributos. ¡Esos grandes olvidados! Es que ¡no leéis! que diría jorgepinan. En equipo mucho mejor (más fácil y divertido). Si no se firma el caché no se puede registrar. Es obvio pero nunca está de más recordarlo.¡¡Mucho cuidado!! No arriesgues tu vida por un simple caché. A veces el rompeolas se encuentra cerrado debido a los temporales marinos. No se te olvide dar la patada